Tuesday, September 19, 2017

Perdón a Sor María Romero



                                                                           Foto de Camilla en invierno



Eunice Shade
Initium sapientiae timor Domini.

En 1667 John Milton publicó El Paraíso Perdido. Grosso modo el poema trata sobre el más bello de los ángeles del cielo, Lucifer, quien junto a otros ángeles rebeldes, se sublevó contra Dios. Siglos después Lord Byron, en su obra de teatro Caín: Un misterio, retoma la figura del ángel rebelde para nuevamente explorar el lado oscuro del hombre: su condición de criatura ante el creador al decir de Santa Teresa de Ávila en Las Moradas. Los lectores, especialistas en el tema, recordarán ese momento en que Adah interviene y le advierte a Caín que no siga el consejo de ese extraño ángel, que no se parece a los otros. En vano, él le responde que no; que ese deseo de seguirlo “nació con él”. Quizá se refiera a que el mal nació con nosotros, aún y cuando de niños no se perciba de esa manera. La caída y la experiencia del infierno son motivos literarios clásicos (quasi canónicos), sinnúmero de escritores y artistas les han rendido culto a través del tiempo. Baste recordar el poema de Dante: La Divina Comedia, en el cual el poeta empieza su travesía en el infierno; también el poemario Las Flores del Mal de Charles Baudelaire con uno de sus versos que sintetiza la visión del hablante lírico: “Raza de Caín, sube al cielo, ¡Y arroja a Dios sobre la tierra!”. Más cerca de nuestra época, Saramago, se ha dedicado a la exploración literaria de dicha temática: el mal en el cielo y en la tierra. Hasta aquí hablamos de Literatura o propiamente de ficción literaria y cómo esta se relaciona con nuestra vida de lectores y creadores artísticos. Y ese es precisamente uno de los peligros de la literatura: creerse personaje de los libros, ya que la línea entre la ficción y la realidad se encuentra bien delineada.
En la década del año 2000, en Managua, un grupo de jóvenes rebeldes, como los ángeles caídos de Milton (talvez interpretándolos) criticaron la comercialización de imágenes religiosas chabacanamente en la Literatosis 9. Digo “chabacana” porque se puede ser crítico o expresar el disentir respecto a un tema de forma más educada, elaborada y sin caer en la ofensa o la calumnia. Las personas tienen derecho a la libre asociación y comercializar lo que les parezca, pero cuando uno es muy joven siempre se tiene el prurito de que el arte o la simbología sagrada no debe estar sujeta al comercio. Esta es una realidad que tarde o temprano se revela en la vida de todo escritor: los libros y las pinturas, así como las películas se venden; en específico el arte y la literatura religiosa también. Quizá esa fue una de las búsquedas de esos jóvenes que fuimos en aquel momento. Luego uno se pregunta si puede haber juventud sin rebeldía.
A esa edad, en ese tiempo, la vida sabe diferente y  no todos los jóvenes son iguales, los hay apacibles y los hay inquietos. Mi primera juventud, ese período que va entre la transición del adolescente a la adultez pertenece a la contradicción y a la rebeldía. Esa edad en que empieza la búsqueda de una definición identitaria y el ser joven se manifiesta contra el credo de la familia, especialmente de una familia conservadora como la mía y uno empieza a buscarse desde la otredad. A esa edad, uno considera que el comunismo y la cuba de Fidel son lo máximo, que Jim Morrison, los poetas malditos, los escritores enfant terrible de Latinoamérica, Requiem for a Dream, un churro y un tatuaje son la ley. Esta estampa o postura se vende en el mercado literario incluso por escritores de generaciones mayores como Roberto Bolaño, quien ha construido una eternización de ese momento brioso e irreverente del joven. Y así, por la costra del tiempo que cae como polvo imperceptible, un día uno se mira al espejo y atisba las primeras líneas de expresión, en un acto de desconocerse y reconocerse. Quizá en un acto de transformación de nuestra propia sensibilidad; la contemplación de los eventos de la vida ha adquirido nuevas tonalidades, como si crecer fuese un acto inevitable y se es consciente y se aprecia la diferencia entre la sensibilidad del mundo y la sensibilidad del ser católico: son distintas.
En la televisión los musulmanes se quejan de no caricaturizar a Alah, que se respete la sacralidad de su Dios. Nadie dice nada y los protestantes en las calles portan una pancarta con el artículo de la constitución política que habla de la libertad de expresión. Los politólogos salen en la televisión hablando del origen de la libertad, que proviene del proyecto ilustrado-iluminista y que alcanza su máxima expresión en la revolución francesa de 1789. En Nicaragua en 1893 llega José Santos Zelaya al poder y todos hablan de su gran aporte constitucional: “La libérrima”, célebre por secularizar el estado. Y ojo que “secularizar” es una palabra que da para una tesis porque implica que uno cómo católico se cuestione cómo se vive esta convivencia con la secularidad diaria, con la oferta y la justicia del mundo ante las exigencias de la Fe.
El 7 de enero de 2015 Charlie Hebdo sufre un ataque terrorista y millones de personas cambian su foto de perfil de facebook por una que porta los colores de la bandera de Francia y los tuiteros saturan el internet con el hashtag: #JeSuisCharlie. Ahí el mundo y entre líneas su discurso ya no de la diversidad, sino de la co-existencia. ¿Cómo convivir con aquel que es diferente a mí, aquel que en Estudios Culturales, subalternidad y filosofía beverliana (es decir de John Beverley) se ha denominado “el otro”? Y no me refiero a la otredad española de Antonio Machado, sino a la otredad radical y secular del mundo.
En marzo de 2015, en Ohio, veo tras mi ventana, como todas las mañanas, un árbol que los gringos llaman sweetgum three, y que me ha acompañado durante mi estancia en ese estado. He llamado a este árbol Camilla y recuerdo hablarle y compartir mis pensamientos cada mañana con el mismo. Vi a Camilla seca, sin ninguna hoja, pálida cuando cayó la primera nevada de aquel mi invierno primerizo. Las primaveras y los otoños la miraba verde y hasta con unos extraños frutos que jamás había visto. Quizá eran chotes de flor. Y al final del año la miraba enjuta y fría, con su capa de nieve. Así contemplé en Camilla lo que un botánico llamaría el ciclo de la vida. Ella fue mi primera testigo cuando sentí la presencia de Dios llamándome como un agudo campanazo que me sacudió y dejó inmóvil por algún tiempo. Como si fuese una tela que necesitaba ser mojada y exprimida, y en ese proceso, uno no puede sino dejarse exprimir por Dios.
Consulto mis redes sociales y veo al Papa Francisco opinar sobre Charlie Hebdo: “Hay que respetar la Fe ajena”, indicó. En aquel momento, tengo 34 años, una cana y ligeras arañitas en mis canillas llamadas várices. Busco a la joven de veinte que fui y no la encuentro. Entro en una fuerte crisis de identidad; la crisis se produce porque la joven de veinte desapareció, y la nueva mujer que soy se empieza a auto-descubrir. Lógicamente confrontar los pecados de mi pasado con mis virtudes del presente me produce una larga depresión, pues uno siempre espera ser un instrumento puro del Señor. Ante este quiebre de la realidad y con la ayuda de incontables sacerdotes, emprendo luego de una larga ausencia, el camino de vuelta a casa. La vuelta a casa es una metáfora para simbolizar el regreso a los bisabuelos, a los abuelos y a los padres. A sus primeras enseñanzas en aquellos años infantiles cuando el mundo era jugar en la acera con el triciclo. Me encuentro con mi primer ser intacto y decido retomar sus sueños y esperanzas.
Veo la masiva protesta en apoyo a Charlie Hebdo y mis algas marinas han cambiado, sus hojas, se mueven suavemente al ritmo de ese viento u oxígeno secreto que maravillosamente circula por las venas del mar. Pienso que el Papa Francisco está en lo correcto: hay que respetar la Fe ajena. No sólo la nuestra, la de los musulmanes y los judíos también, por mencionar diversos grupos religiosos. No en vano, hace dos días, los judíos de Squirrel Hill en Pittsburgh denunciaban la presencia de propaganda antisemita en el barrio. Squirrell Hill es un barrio judío. La presencia de los mismos es notable, especialmente de los ortodoxos, siempre vestidos de blanco y negro con el tallit encima y el kipá sobre la cabeza; otros barbados lucen su sombrero negro de alas anchas cuando caminan durante el shabbath. Algunas judías usan el sheitel para ir a la sinagoga. El sheitel es una peluca con que cubren su pelo. Si las judías lo cubren con el sheitel, las musulmanas lo hacen con un velo que llaman hiyab. Cuenta una leyenda judía que en algunas familias sólo el esposo puede ver el verdadero color del cabello de la esposa, y que por eso, algunas se cubren con la peluca para que nadie más conozca su pelo. Al respecto, una amiga me comentaba que los hijos se quejaban de no conocer el color del pelo de su mamá. Ella misma me decía que le parecía insólito e injusto. Sin embargo, yo le dije que me parecía irresistiblemente hermoso que sólo una persona en la vida conociera una parte tuya. Me parece mágico, raro y de una belleza casi en extinción. Como les decía, hace dos días, los judíos en su periódico Crónica Judía en Pittsburgh, denunciaban haber encontrado prensados en los parabrisas de sus carros estacionados en Squirrel Hill, afiches que contenían la imagen de una mujer rubia sonriendo junto a una cruz esvástica, así como otro que promovía el odio a través de la ideología del White Supremacy. Los residentes se fueron a quejar a la policía. Y ni aún con las lecciones que dejó el holocausto: Auschwitz, Ravensbrück, Treblinka… el oficial se limitó a decir que esos afiches eran equivalentes a unas volantes publicitarias de pizza, transgrediendo la sensibilidad judía, pues para ellos tales alusiones representan un espacio doloroso de su historia.
Ante los nuevos eventos que suceden en mi vida, revalorizo y reviso el pasado para retomar de él lo que deseo conservar y transformar lo que pueda. En la proyección que es ese pasado, me encuentro con la Literatosis 9, me veo en ese viejo espejo, veo la nueva textura de mis algas, medito en cuánto mi sensibilidad ha mutado y lo nuevo de mi ser se deprime porque de haber sabido lo que he aprendido con los años, habría hecho elecciones distintas.
Ese verano de 2015 regresé de vacaciones a Nicaragua y busqué a Madre Bernardita, monja y profesora de la congregación de mi colegio Pureza de María. La congregación de religiosas Pureza de María fue fundada en España por Madre Cayetana Alberta Giménez y Adrover en 1874. Las religiosas de la Pureza llegaron a Nicaragua en 1951 y cuatro años después empezaron su misión educativa en Managua. El colegio tuvo varias ubicaciones en la capital antes de sus instalaciones actuales en Carretera Masaya, las cuales se inauguraron en 1973. Nueve años después ingresé directamente a tercer nivel (nunca estuve ni en primero, ni en segundo) y mi primera profesora se llamó María Antonieta. En primer grado nos enseñaron a leer con el tradicional componedor en un aula que tenía unos pupitres con gavetas que se abrían hacia arriba y donde uno guardaba sus pertenencias. En esa aula, aprendí mi profesión de Fe, el credo apostólico con la hermana Juana Parera, una monjita muy delgada, viejita y que usaba un velo negro que contrastaba con su hábito blanco. Luego vino un periplo, del que algún día escribiré pero que finalmente no conduce sino a otro lado que hacia Dios. Ver a la Madre Bernarda después de tantos años me produjo una gran alegría, pero al mismo tiempo yo llegaba devastada emocionalmente, y quería explicaciones sobre quiénes somos, quería saber más de nuestra fe y cómo vivirla sin miedo. Así que le conté con lujo de detalles cómo me había sentido y lo que había experimentado en Ohio. La Madre, que además es una mujer muy fuerte, me indicó que antes que nada me preguntara: ¿Por qué Dios permitió que pasara todo eso? Desde entonces, esa ha sido la pregunta directriz de mis reflexiones literarias y teológicas, y en especial del impactante encuentro con mis raíces más profundas. Haya o no una explicación satisfactoria, es deber de todo buen cristiano realizar una reverencia, una genuflexión ante el Señor, en este caso ante Sor María Romero, inclinarse y pedirle perdón, objetivo central de estas líneas arrodilladas y simbólicas que ahora escribo como si cada palabra fuese la llama de una candela votiva en medio de un océano de oscuridad. Mientras tanto, el mundo continúa el bombardeo publicitario de su oferta y vivir la Fe se hace cada día más difícil: un reto, un desafío, un compromiso, una práctica, especialmente para quienes lo hacemos desde la academia y la cultura.

Septiembre 13-Septiembre 19, 2017.




Friday, August 25, 2017

Para Ulises, en tu nuevo cielo

                                                   

Eunice Shade

Era un muchacho tímido en aquellos días de debates a principios de la década 2000 en Managua, cuando se me acercó y me pidió mi teléfono y dirección para llegar a verme a mi apartamento en Reparto San Juan porque quería que lo preparara para un concurso de debate, que le enseñara cómo argumentar, cómo dirigirse a las personas, cómo disentir con humor. Lo recibí en mi apartamento y muy disciplinadamente hizo cada uno de los ejercicios que le indiqué. Estaba muy entusiasmado. No supe de él, sino días después, me comentó que le había ido mal en el concurso, pero que había gozado en grande. Añadió que estaba interesado en las letras y muy cortésmente lo invité a las reuniones de grupo de Literatosis, donde encontró sus afinidades y no tardó en hacerse íntimo amigo de Francisco Ruiz Udiel, quien al inicio estaba reticente a integrarlo en el grupo; ironía de la vida porque después serían inseparables compañeros de la cultura: uña y carne.  Ambos tomarían sus caminos, la literatura los llevaría a la ideología y se convertirían en notables promotores culturales desde el regazo y la bendición de los escritores más vendidos y reconocidos de la plataforma revolucionaria de Nicaragua. Poco antes de emprender su sendero cultural con Ruiz Udiel, estaba por terminar en la Universidad Americana y le comenté a Ulises mi deseo de hacer un viaje simbólico de culminación de una etapa; le dije que tomáramos un bus y nos fuéramos de gira por Centroamérica, que fuéramos a Tikal y gentilmente se sumó a mi iniciativa. Fuimos a la casa del Poeta William Grigsby Vergara a invitarlo a que nos acompañara a El Salvador y a Guatemala. La meta era llegar a Tikal y ver las pirámides de los Mayas, pero este no pudo. Así que nos fuimos solos. Pasamos por casa de sus padres en San Antonio. Ellos estaban muy felices. Su papá le prestó un suéter de lana para el frío. Nos dijo que lo había usado en un viaje a Alemania. Nos reiríamos del suéter al llegar a Petén por el grado insoportable de calor; por fregarlo yo le decía: “Ponete el suéter que hace frío”.
Recuerdo cómo su mama le ayudó a empacar la mochila y la emoción con que partimos hacia los buses en Bolonia. Pasamos una noche en San Salvador hospedados donde el poeta William Alfaro. Luego partimos hacia la capital guatemalteca, sin saber, fuimos a parar a la zona más peligrosa de la ciudad, rentamos una habitación donde vimos por primera vez una cucaracha guatemalteca, y otra vez nos reímos por la inconsciencia de encontrarnos en una zona delincuencial, y nosotros como si nada. Lo importante era tomar el bus hacia Tikal. Al medio día estábamos cada uno en su asiento, boleto en mano y listos para partir hacia Santa Helena. Doce horas de viaje por tierra en un ruteado se nos hicieron eternas. Jugamos durante el viaje con una niña de nombre Castalia. Vimos las casa-barquitos de Río Dulce y dijimos que algún día iríamos ahí. Al llegar a Santa Helena nos aturdió lo turbio de una alta temperatura. Comprendimos por qué los indígenas andaban en taparrabo; quiero decir que lo habíamos estudiado en los libros de historia, pero que no es lo mismo vivirlo, experimentar el clima, la flora, las plantaciones, el lago.
Vimos unos puestos de comida y bebida popular, Ulises quedó encantado con una bebida llamada Grapete. Se bebió muchas heladas. Sentimos la tranquilidad de las aguas del Petén Itzá, su vapor calentando el pueblo y los turistas que circulaban como quien anda en la playa, mientras nosotros de tenis, blue jeans y camisetas, cargando el suéter de lana del papá de Ulises. Buscamos un hotel barato, pues como dos estudiantes, no contábamos con mucho presupuesto. El hotel era horrible. El cuarto era una caja de madera con una única abertura que se cerraba con un candado, y que el hotelero llamaba “ventana”. Luego, los caminantes de la zona nos dijeron que el hotelucho era el típico de “los mojados” que se escondían para cruzar ilegales la frontera hacia Estados Unidos. Como se notaba lo peligroso del lugar, acordamos hacer turnos para cuidar la “ventana” que era el único medio por donde entraba el aire. Yo dormí la primera parte de la noche, él la segunda. Al amanecer, muy temprano nos dispusimos a tomar, por fin, el último bus a Tikal; íbamos felices, ansiosos de descubrir el brillo de los Mayas. Al llegar, almorzamos en una cafetería y cada uno bebió un litro de cerveza Gallo. Les aclaro que para nosotros beber un litro era todo un acontecimiento, pues en aquella época todavía no habían cervezas de litro en Nicaragua.
Vimos el pasto verde y no sabíamos por donde empezar, así que decidimos enrolarnos en un tour con una pareja de italianos. Empezamos por unos plantíos extraños, el edecán nos explicó que esa planta la mascaban los Mayas para aguantar dolor, para descansar. Recorrimos templo por templo, pero nada nos impresionó tanto como el Templo del Jaguar, por la altura y el tallado de la piedra. Y nada nos avivó tanto la imaginación como el Templo IV, el de la Serpiente Bicéfala donde George Lucas filmó fragmentos del Episodio IV de Star Wars...
Hoy, que leo la noticia de su muerte, no puedo evitar sentir tristeza y miedo y vuelvo a la pregunta elemental: qué significa escribir; cómo esta pregunta nos ronda y cambia de respuesta con el tiempo, qué ha representado la escritura, no solo para nosotros, si no para todos los que se reunieron en torno a ese punto de encuentro que fue Literatosis. Y tal como lo escribí años atrás, conmemorando la muerte de Fran con una serpiente de uróboros, siento esa región donde la libertad creadora, la ficción se mezcla con la realidad. Me pregunto con temor si Dios perdona la libertad creadora del artista. Me pregunto qué piensa de la obra de John Milton y de Lord Byron. Si acaso, la poderosa Rosa Mística intercede por nosotros y nos perdona la rebeldía de una controversial y cabalística revista número 9. Si acaso tendría piedad de la manada de negros potrillos salvajes que en su brioso trotar no prestaron su lomo a nadie. Esa edad en que el mundo se ve transformable, en que se levanta la espada y el horizonte nos parece una futura conquista. Ahí decido tomar la foto, capturar ese instante de juventud fiera e indómita de Fran y Ulises. Fran y Ulises, son ahora dos estrellas, dos ojos luminosos que han abierto sus párpados en el firmamento.

Agosto 25, 2017, Pittsburgh, Pensilvania.











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Friday, November 25, 2016

Vuelta a mi balcón








Angelus Novus, Paul Klee



Dedicado a los viejos amigos que ya no están

Eunice Shade

En el otoño escucho el pulsar de mi aorta. Veo ese hálito de luz que es la vida. Pienso en cuando me miraban y pensaban en voz alta como los abuelos: “vos no sabés aún”; y era verdad: no sabía y esa parte velada de mí era feliz y contradictoriamente pura. Sabía sí, que tenía miedo a formar una familia porque mis abuelos habían muerto prematuramente en trágicos accidentes. Crecí pensando, y todavía lo siento así: que mis bisabuelos de ochenta años eran mis padres. La primera imagen que tuve de mí fue ser una viejita, entonces las arrugas, las manchas, los lunares, la caída del pelo, la resequedad, las fuerzas menguantes se me hacían hermosas porque esa era, esa es la primera imagen del amor que tuve. Papa Euclides murió cuando tenía tres años y nos quedamos la viejita y yo rezando todas las noches, escuchando ese tono de voz de la Fe que se quiebra ante el poder de Dios contra el que nada podemos. Como un viento transparente mi espíritu se llenaba de esa voz, del tono de entrega como si Dios me mostrara mi vida por el final. Así lo he sentido hasta hoy. Luego empiezas a caminar, a husmear los rincones de la casa, a pensar en el hecho de que tienes otros padres, más jóvenes, pero no vives con ellos. Miras las familias de tus amigos en el colegio y aprendes lo que es una diferencia. En un mundo que proclama la igualdad te sientes diferente. Te sientes viejita sin ser viejita, caminas a ese ritmo suave y cuando juegas con tus amigas corres al extremo de la velocidad sin saber que tu pulsación de vida se acelera, luego vuelves a casa y tu pulsación de vida es un remanso, como un lago tranquilo que espera paciente el día que habrá de marcharse. Creces escuchando: “algún día ella va a morir y no se sabe qué va a ser de vos”, sos una niña y creces al borde de un precipicio, sin caer en el precipicio, porque sabes que si mamita muere todo habrá muerto para vos. Y mamita es muy vieja y encorvada y su pelo es escaso, finamente blanco y hay que ayudarle a caminar. Mamita es débil físicamente pero muy fuerte de espíritu y de mente lúcida. Te recuerdas arrugar la cara, ver al cielo sintiéndote a merced de una fuerza que desconoces y pedirle: “Haz que ella no muera hasta que aprenda a valerme por mi misma”, quizá ella lo habrá pedido también. Entre ella y yo lo pedimos a Dios, y Dios cumplió. No tenía diez y ya me preocupaba de la muerte. ¿Habrá un instinto de muerte a como hay un instinto de vida? Algo hay en la mirada de las personas que viven al borde de la muerte o con el plazo de la muerte misma en el cuerpo, es como una sombra que los recubre, unas ojeras que hablan de más. Sabes que quien tiene certeza de muerte camina diferente por la vida. Crecí en el umbral de la muerte, ¿es posible crecer en el umbral de la muerte sin morir? ¿Acaso seré un ángel que anuncia la muerte? Si Dios me enviara una sentencia de muerte, nada cambiaría para mí, quizá mi semblante se recubriría de una tristeza inconsolable, guardaría silencio, seguiría levantándome por las mañanas, bebiendo café y estudiando. Quizá habría días en que no pensaría en morir. No aceleraría nada, sólo dejaría al tiempo pasar. En las noches se me haría un nudo en la garganta por no poder tener mi propia familia, mis propios pollos a quien echar las caras migas del fruto de mi trabajo. Habría días de rayos y tormentas en mi mente, días en que buscaría la espesa sombra de un árbol frondoso y sola, entre el día y yo, entre la noche y yo me llovería toda sobre la tierra, como una planta solitaria. No necesitaría más testigo que mis lágrimas y yo, como si mis lágrimas tuviesen vida propia, como si ellas escondieran el lenguaje de un océano. Al día siguiente pronuncias ‘papá y mamá’ y ambas palabras no significan nada para vos porque papá y mamá para vos se dice “Papito Euclides y Mita”, y ese es ya otro universo. Se parece pero no es igual. Me pregunto cómo se verá una pareja de ancianos de ochenta años con una hija de 1 año. ¿Cómo nos miraba la gente? ¿Qué habrán pensado de nosotros? Para mí fueron los días más felices de mi vida. Cuando la sensibilidad de los ancianos es quien te cría, su fuerza radica no en el cuerpo, sino en la sabiduría con que se mueven y las precauciones que toman al acostarse, al levantarse, antes de comer. Seguro cuando me bañaban y me ponían en la cama a secarme con la toalla, pensarían lo mismo que pensé yo cuando bané a mi sobrina, Toyita: ¡Que niña más bella. Es un privilegio tenerla en la casa! ¡Qué gran distancia de tiempo entre mis papacitos y yo! Abría los ojos en las mañanitas y lo primero que veía era a ellos dos alistándose para empezar la semana. Era ínfimamente chiquitísima.
Los niños tienen esa mirada de eclipse. Pienso que la mirada crece y se va develando hasta que el eclipse de sol es total y te descubres por completo. Al principio duele un poco porque sabes lo que vale el no-ver. Pero al ver en medio de mi dolor también extiendo mis brazos, me abro al Altísimo y una capa de rocío que emana de mí me protege, me fundo en mis propias gotas, en mi propio aire y otra vez un cintillo de vientos alisios se posa en mis ojos como antifaz y no veo y sonrío. ¡Qué hermoso es cerrar los ojos en la belleza desaliñada de la infancia! Cuando la única preocupación es espulgar la comida y no comerse los vegetales. Esta vez, esta tarde de noviembre me invito a no-ver. Porque cuando no-veo, veo también a Dios. La infancia es una marca en nuestro ser. Es la patria añorada de los raros ángeles de Rafael Alberti. De la ruta sagrada de esos años nos sacan de la pecera y nos libertan a las aguas salvajes de la vida, y ya de treintona te empezás a preguntar: ¿Cómo te miraban tus amigos en esa época? Tengo la sensación que ellos sabían algo que yo no. A veces lo mejor de uno es un secreto que guardamos para los humildes, para aquellos que logran no-ver o ver el arte de la bendición de no-ver. El lenguaje de la luz y la oscuridad es como revelar una fotografía en blanco y negro. Como hablar del día en que conocimos por primera vez el mal. Ese momento en que se nos parte el alma y nos sentimos extranjeros en este mundo. Ese momento en que una mano negra nos estrangula y el mundo adquiere un desbalance inusitado, una nube de polvo negra que entra por tu nariz y te raspa mientras respiras hacia adentro. Con tus remos navegas en las horas hacia una idea de futuro que desconoces. Mis amigos ríen y juegan. Te has marchado de casa y siempre encuentras algo con lo que nunca logras hacer click, pero no sabes por qué. Es una estrella pequeña de luz permanente, pero al entrar por la rendija que abrió con sus puntas sabes que lo que viene dolerá mucho y no existe otra forma de entrar. La interioridad es un camino. Es una cámara de luces de variados tonos. Es un techo de lámparas encendidas.
Te percatas que has pasado más diez años viviendo como una huérfana, pero no sos huérfana. Poco dices de vos, más que un par de poemas, algunos cuentos, una que otra novela. No te hallas completa en ningún lugar, excepto en esa memoria en que tu horizonte eran dos ancianos que ya partieron. Solo en ese instante la plenitud toma forma y me inunda como el reventar de las olas de San Juan del Sur. Vislumbras los 40, te has cansado un poco de las rebeldías y el nadar contra corriente te aburre, no hay nada ahí para vos. Suena la campana y alguien ha abierto el candado de la celda como en la pantera de Rilke, suena la campana y tu ser se paraliza, se detiene, se retrotrae, porque Dios te ha pronunciado en voz alta sus primeras palabras. Se ha dirigido a vos por primera vez. Sabes que ha llegado la hora, que es tiempo de volver. Emprendes, no sin temor, la ruta a casa. Encuentras las ausencias que nunca se copan. Los tíos han envejecido. La tía no puede caminar, mamá ha engordado, papá ha encanecido, los abuelos siguen enamorados y hacen yoga, la otra tía sigue tocando el piano y regando las plantas del jardín. Eljumping que tanto ladraba ha muerto. Los conejos sal y pimienta también. Hay una nueva perrita llamada schatzi. Mamá por su lado vive con 10 perros, un gato, una lora, dos chocoyos y un par de pericos australianos a los que mis hermanas han puesto nombres raros. Ves a tu alrededor y tienes muchas hermanas menores, son unas bolitas de pelo chiquitas y no sabes si te van a morder, piensas, en tu nebulosa, mientras caminas por las casas de la infancia, que antes te parecían inmensas y ahora lucen tan pequeñas, tan ínfimas, como si hubieras crecido, como si tu cuerpo y espíritu ocuparan más espacio que antes y por eso ves tus viejos escondites en miniatura. El tío te regaña antes de perdonarte. La abuela te reclama antes de perdonarte. Su voz ronca no ha cambiado mucho desde la última vez que me fui. Hoy que regreso todo luce un misterio. Me siento en la vieja cama de papá que ya no es de papá sino de los huéspedes, me siento a ver las antiguas fotos de familia. Me voy sintiendo yo. Me toco la cabeza, me toco las manos y me cuesta reconocerme. Como si mi identidad hubiese sido un misterio y 35 años después me veo desnuda en casa, y veo mi espacio, mi lugar en el comedor, mi lugar en la foto de familia. Como si me hubiesen estado esperando, ahora más vieja, con una bolsa llena de mundo, como si del mundo hubiera colectado aventuras, experiencias, momentos que ahora llevo a casa para compartirlos, como si ese mundo se transformara en sabiduría, y me quitara un poco la rudeza, la severidad de quien nunca ha sentido a su corazón palpitar en la selva. Pienso que es difícil ser como los abuelos. Siento que me ha llegado una hora, la de la responsabilidad, la del compromiso. Veo mi espacio en la banca de la Iglesia, veo a mi hermano feliz con su hija. Veo los caminos secretos que los bisabuelos dejaron marcados, los puentes que tejían para unir a la gran familia, a los primos, a los tíos, veo el trabajo que cuesta esa unión. Veo mi más preciado recinto, mi capilla en las alturas: el balcón de mi cuarto en el segundo piso, en la esquina de un humilde vecindario de Managua; y la niña de 12 años que soy sale a saludarme, a recibirme, me invita a subir y bajar las escaleras, me dice no camines, resbálate por el barandal, como solía hacer para divertirme en aquellos días. Esa niña me da la mano, me salva y me recuerda: érase una vez una niña que leía cuentos de hadas y soñaba y corría por la casa… Cuando la vi, la reconocí con su vestido celeste, sus calcetines de vuelito y encaje y sus zapatitos de charol blanco, su pelito con pava y cortado a la altura del cuello. Estaba intacta tal cual la dejé en aquel balcón en el que le hice una promesa, promesa que hasta ahora le he cumplido. La abracé fuerte y se fundió conmigo.  Me dijo que confiara en ella, que la siguiera. Me costó un poco al inicio, pero la seguí, y me trajo hasta este momento en que escribo siendo ella y yo al mismo tiempo. Pienso en la fortaleza espiritual de los niños. Contemplo la espiral de la vida y enciendo una velita al angelus.

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"You made me confess the fears that I have. But I will tell you also what I do not fear. I do not fear to be alone or to be spurned for another or to leave whatever I have to leave. And I am not afraid to make a mistake, even a great mistake, a lifelong mistake and perhaps as long as eternity too"...