Thursday, March 15, 2007

Ortógrafa sin limites



Eunice Shade

Voy a empezar apartando las comas, los puntos, las exclamaciones, las mayúsculas y todos aquellos signos y mandatos del idioma. Es decir, que voy a adaptar un verso de Douglas Téllez a mi conveniencia: Quiero ser una ortógrafa sin límites.

También voy a ver de menos los errores al momento de teclear porque como ustedes sabrán nuestros dedos no son infalibles y en ciertas ocasiones suelen omitir involuntariamente alguna vocal o consonante. Lapsos de rutina.
Cuando uno escribe hay ciertas prioridades, sea usted narrador o poeta. Y es probable, certeramente probable, que usted olvide un acento o simple y llanamente se coma una letra por descuido. Eso me parece normal. Lo que me parece extraño es que existan lectores y lectoras que reduzcan un texto a la ausencia de una coma en el lugar preciso. Me ha pasado que he leído novelas increíbles, en el buen sentido de la palabra, y siempre encuentro en ellas un acento de más o un verbo mal conjugado, detalles en un universo de más de mil palabras. Errorcillos, pues, que bajo ninguna circunstancia me han conducido a pensar: ¡Oh, la traducción de Salas Subirat del Ulises de Joyce es pésima porque en la página tal se comió una “s” obligatoria del plural! Lo que quiero decir es que no se deben tomar en serio las palabras de alguien que piensa que un texto es malo porque no le puso el acento a la palabra estúpida, una esdrújula muy útil en estos tiempos. Cabe recordar que la literatura es escrita por mujeres y hombres, no por dioses del Olimpo. Y aun siendo escrita por las deidades griegas, estoy segura que Afrodita, al igual que una simple mortal como yo, reprobaría morfosintaxis del enunciado simple. Quiero decir que la literatura es tan humana como usted y yo. Y quiero agregar que la ortografía y la sintaxis son apenas la superficie, lo superficial de un texto.

En un escrito, sobre todo en un escrito literario, hay profundidades de otra naturaleza y eso tiene que ver con la multiplicidad de lecturas e interpretaciones, es decir que si usted se enfoca en la superficie, su lectura será, por lógica, superficial. Repito: en un escrito existen profundidades de otra naturaleza. La construcción de la trama, de la estilística, de la estructura, la sicología de los personajes, la moraleja, es decir múltiples planos de escritura, por ende, de lecturas. Me parece recordar que J. Greimas habló de  de planos isotópicos. Aprovecho para reiterar entonces que no vale la pena estancarse en una coma y desvirtuar toda una posición artística por un acento. Eso me recuerda aquella frase memorable: “Cuando el filósofo apunta la luna, el tonto mira el dedo”. Y por supuesto que se me viene a la mente el ejemplo del punto negro en la pizarra, en el que casi todos miran sólo el punto negro, olvidándose campantemente del color, la forma, el tamaño e incluso la pared y los clavos que sostienen a la pizarra.

Usted podrá refutarme: ¡Pero qué barbaridad! y a continuación sus pensamientos defensivos de su evangelio incuestionable. Pero no nos confundamos, yo no estoy en contra de la ortografía o del castellano básico de Peña Hernández. Estoy diciendo que en la literatura podemos encontrar diversas posibilidades, por ejemplo:
Una omisión involuntaria de vocales o consonantes en una novela de Mario Vargas Llosa, que pueden ser del autor o de la casa editorial y sus editores. Y por ningún motivo vamos a dudar de la pluma del peruano nacionalizado español. Esta misma situación puede aplicarse a otras obras.

Otro cuadro posible es que usted sea un militar del idioma y así lo conciba, tal y como una academia de soldados en donde no se admite una letra sin uniforme, lo cual me parece lamentable porque de vez en cuando es saludable ser flexibles y salirnos un poquito de la rigidez de la tradición, que a veces he llegado a pensar que puede convertirse en un límite peligroso a la creatividad de un artista, porque el principio de todo creador o creadora debe ser la libertad.

Se me ocurre también una obra imposible en mezclas y errores aparentes, más bien errores calculados como Finnegans Wake, que en buena parte ni siquiera está escrita en inglés, por así decirlo. Y otros autores que vuestras mercedes conocen mejor que yo, autores que han osado por voluntad escribir a su antojo, es decir libremente y por convicción, como

E.
E.
Cummings.

Podría ser también que usted sea un perfeccionista, un detallista, pero inmediatamente pienso en alguien como Wilde, tan exquisito, tan elegante, tan esteta y no me lo imagino diciendo que la traducción de Edgar Allan Poe al francés hecha por el mismísimo Baudelaire sea pésima porque a nuestro bardo maldito se le olvidó una vocal. Aclaro, no tengo nada en contra de los perfeccionistas, me parecen criaturas interesantes y necesarias para la literatura, pero hasta el perfeccionista más fanático debe reconocer que el valor verdadero de una obra no disminuye por la ausencia de un signo de puntuación.

Una última posibilidad podría ser que usted sea un amante de la ortografía o del español en sí, y que esto sea la prioridad en su vida y, bueno, ahí yo ya no tengo nada que decirle, tal vez que le convendría trabajar de editor.

Ahora, si ya de verdad el libro es un batallón de ausencias, palabras mal escritas, oraciones mal construidas, verbos mal conjugados, galimatías al por mayor y sin ningún objeto de ser, pues esos son otros cien pesos, y ahí sí estoy de acuerdo con usted. Cambio de autor como quien cambia de canal.


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