Monday, December 27, 2010

Memorias de Adriano de M. Yourcenar. (fragmento. traducción de J. Cortázar).



VARIUS MULTIPLEX MULTIFORMIS


Querido Marco:

He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen debía hacerse en ayunas; habíamos convenido encontrarnos en las primeras horas del día. Me tendí sobre un lecho luego de despojarme del manto y la túnica. Te evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mí mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de una hidropesía del corazón. Digamos solamente que tosí, respiré y contuve el aliento conforme a las indicaciones de Hermógenes, alarmado a pesar suyo por el rápido progreso de la enfermedad, y pronto a descargar el peso de la culpa en el joven Iollas, que me atendió durante su ausencia. Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre. El ojo de Hermógenes sólo veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de sangre. Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo. Haya paz... Amo mi cuerpo; me ha servido bien, y de todos modos no le escatimo los cuidados necesarios. Pero ya no cuento, como Hermógenes finge contar, con las virtudes maravillosas de las plantas y el dosaje exacto de las sales minerales que ha ido a buscar a Oriente. Este hombre, tan sutil sin embargo, abundó en vagas fórmulas de aliento, demasiado triviales para engañar a nadie. Sabe muy bien cuánto detesto esta clase de impostura, pero no en vano ha ejercido la medicina durante más de treinta años. Perdono a este buen servidor su esfuerzo por disimularme la muerte. Hermógenes es sabio, y tiene también la sabiduría de la prudencia; su probidad excede con mucho a la de un vulgar médico de palacio. Tendré la suerte de ser el mejor atendido de los enfermos. Pero nada puede exceder de los limites prescritos; mis piernas hinchadas ya no me sostienen durante las largas ceremonias romanas; me sofoco; y tengo sesenta años.

No te llames sin embargo a engaño: aún no estoy tan débil como para ceder a las imaginaciones del miedo, casi tan absurdas como las de la esperanza, y sin duda mucho más penosas. De engañarme, preferiría el camino de la confianza; no perdería más por ello, y sufriría menos. Este término tan próximo no es necesariamente inmediato; todavía me recojo cada noche con la esperanza de llegar a la mañana. Dentro de los limites infranqueables de que hablaba, puedo defender mi posición palmo a palmo, y aun recobrar algunas pulgadas del terreno perdido. Pero de todos modos he llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada. Decir que mis días están contados no tiene sentido; así fue siempre; así es para todos. Pero la incertidumbre del lugar, de la hora y del modo, que nos impide distinguir con claridad ese fin hacia el cual avanzamos sin tregua, disminuye para mí a medida que la enfermedad mortal progresa. Cualquiera puede morir súbitamente, pero el enfermo sabe que dentro de diez años ya no vivirá. Mi margen de duda no abarca los años sino los meses. Mis probabilidades de acabar por obra de una puñalada en el corazón o una caída de caballo van disminuyendo cada vez más; la peste parece improbable; se diría que la lepra o el cáncer han quedado definitivamente atrás. Ya no corro el riesgo de caer en las fronteras, golpeado por un hacha caledonia o atravesado por una flecha parta; las tempestades no supieron aprovechar las ocasiones que se les ofrecían, y el hechicero que me predijo que no moriría ahogado parece haber tenido razón. Moriré en Tíbur, en Roma, o a lo sumo en Nápoles, y una crisis de asfixia se encargará de la tarea. ¿Cuál de ellas me arrastrará, la décima o la centésima? Todo está en eso. Como el viajero que navega entre las islas del Archipiélago ve alzarse al anochecer la bruma luminosa y descubre poco a poco la línea de la costa, así empiezo a percibir el perfil de mi muerte.

Ciertas porciones de mi vida se asemejan ya a las salas desmanteladas de un palacio demasiado vasto, que un propietario venido a menos no alcanza a ocupar por entero. He renunciado a la caza; si sólo estuviera yo para turbar su rumia y sus juegos, los cervatillos de los montes de Etruria vivirían tranquilos. Siempre tuve con la Diana de los bosques las relaciones mudables y apasionadas de un hombre con el ser amado; adolescente, la caza del jabalí me ofreció las primeras posibilidades de encuentro con el mando y el peligro; me entregaba a ellas con furor, y mis excesos me valieron las reprimendas de Trajano. La encarna, en un claro de bosque en España, fue mi primera experiencia de la muerte, del coraje, de la piedad por las criaturas, y del trágico placer de verlas sufrir. Ya hombre, la caza me sosegaba de tantas luchas secretas con adversarios demasiado sutiles o torpes, demasiado débiles o fuertes para mí. El justo combate entre la inteligencia humana y la sagacidad de las fieras parecía extrañamente leal comparado con las emboscadas de los hombres. Siendo emperador, mis cacerías en Toscana me sirvieron para juzgar el valor o las aptitudes de los altos funcionarios; allí eliminé o elegí a más de un estadista. Después, en Bitinia y en Capadocia, convertí las grandes batidas en pretexto para fiestas-triunfo otoñal en los bosques del Asia. Pero el compañero de mis últimas cacerías murió joven, y mi gusto por esos violentos placeres disminuyó mucho después de su partida. Pero aun aquí, en Tíbur, el súbito resoplar de un ciervo entre el follaje basta para que se agite en mi un instinto más antiguo que todos los demás, gracias al cual me siento tanto onza como emperador. ¿Quién sabe? Si he ahorrado mucha sangre humana, quizá sea porque derramé la de tantas fieras, que a veces, secretamente, prefería a los hombres. Sea como fuere, la imagen de las fieras me persigue más y más, y tengo que hacer un esfuerzo para no abandonarme a interminables relatos de montería que pondrían a prueba la paciencia de mis invitados durante la velada. En verdad el recuerdo del día de mi adopción tiene su encanto, pero el de los leones cazados en Mauretania no está mal tampoco.

La renuncia a montar a caballo es un sacrificio aún más penoso: una fiera no pasa de ser un adversario, pero el caballo era un amigo. Si hubiera podido elegir mi condición, habría elegido la de centauro. Las relaciones entre Borístenes y yo eran de una precisión matemática: me obedecía como a su cerebro, no como a su amo. ¿Habré logrado jamás que un hombre hiciera lo mismo? Una autoridad tan absoluta comporta, como cualquier otra, los riesgos del error para aquel que la ejerce, pero el placer de intentar lo imposible en el salto de obstáculos era demasiado grande para lamentar una clavícula fracturada o una costilla rota. Mi caballo reemplazaba las mil nociones vinculadas al título, la función y el nombre, que complican la amistad humana, por el único conocimiento de mi peso exacto de hombre. Participaba de mis impulsos; sabía exactamente, y quizá mejor que yo, el punto donde mi voluntad se divorciaba de mi fuerza. Pero ya no inflijo al sucesor de Borístenes la carga de un enfermo de músculos laxos, demasiado débil para montar por sus propios medios. Celer, mi ayuda de campo, lo adiestra en este momento en el camino de Preneste; todas mis antiguas experiencias con la velocidad me permiten compartir el placer del jinete y el de la cabalgadura, valorar las sensaciones del hombre a galope tendido en un día de sol y de viento. Cuando Celer desmonta, siento que vuelvo a tomar contacto con el suelo. Lo mismo ocurre con la natación; he renunciado a ella, pero participo todavía de la delicia del nadador acariciado por el agua. La carrera, aun la más breve, me sería hoy tan imposible como a una estatua, a un César de piedra, pero recuerdo mis carreras de niño en las resecas colinas españolas, el juego que se juega con uno mismo y en el cual se llega al límite del agotamiento, seguro de que el perfecto corazón y los intactos pulmones restablecerán el equilibrio; de cualquier atleta que se adiestra para la carrera del estadio, alcanzo una comprensión que la inteligencia sola no me daría. Así, de cada arte practicado en su tiempo, extraigo un conocimiento que me resarce en parte de los placeres perdidos. Creí, y en mis buenos momentos lo creo todavía, que es posible compartir de esa suerte la existencia de todos, y que esa simpatía es una de las formas menos revocables de la inmortalidad. Hubo momentos en que esta comprensión trató de trascender lo humano, y fue del nadador a la ola. Pero en este punto me faltan ya seguridades, y entro en el dominio de las metamorfosis del sueño.

Comer demasiado es un vicio romano, pero yo fui sobrio con voluptuosidad. Hermógenes no se ha visto precisado a alterar mi régimen, salvo quizá esa impaciencia que me llevaba a devorar lo primero que me ofrecían, en cualquier parte y a cualquier hora, como para satisfacer de golpe las exigencias del hambre. De más está decir que un hombre rico, que sólo ha conocido las privaciones voluntarias o las ha experimentado a título provisional, como un incidente más o menos excitante de la guerra o del viaje, sería harto torpe si se jactara de no haberse saciado. Atracarse los días de fiesta ha sido siempre la ambición, la alegría y el orgullo naturales de los pobres. Amaba yo el aroma de las carnes asadas y el ruido de las marmitas en las festividades del ejército, y que los banquetes del campamento (o lo que en el campamento valía por un banquete) fuesen lo que deberían ser siempre: un alegre y grosero contrapeso a las privaciones de los días hábiles. En la época de las saturnales, toleraba el olor a fritura de las plazas públicas. Pero los festines de Roma me llenaban de tal repugnancia y hastío que alguna vez, cuando me creí próximo a la muerte durante un reconocimiento o una expedición militar, me dije para reconfortarme que por lo menos no tendría que volver a participar de una comida. No me infieras la ofensa de tomarme por un vulgar renunciador; una operación que tiene lugar dos o tres veces por día, y cuya finalidad es alimentar la vida, merece seguramente todos nuestros cuidados. Comer un fruto significa hacer entrar en nuestro Ser un hermoso objeto viviente, extraño, nutrido y favorecido como nosotros por la tierra; significa consumar un sacrificio en el cual optamos por nosotros frente a las cosas. Jamás mordí la miga de pan de los cuarteles sin maravillarme de que ese amasijo pesado y grosero pudiera transformarse en sangre, en calor, acaso en valentía. ¡Ah! ¿Por qué mi espíritu, aun en sus mejores días, sólo posee una parte de los poderes asimiladores de un cuerpo?

En Roma, durante las interminables comidas oficiales, se me ocurrió pensar en los orígenes relativamente recientes de nuestro lujo, en este pueblo de granjeros parsimoniosos y soldados frugales, alimentados a ajo y a cebada, repentinamente precipitados por la conquista en las cocinas asiáticas y hartándose de alimentos complicados con torpeza de campesinos hambrientos. Nuestros romanos se atiborran de pájaros, se inundan de salsas y se envenenan con especias. Un Apicio está orgulloso de la sucesión de las entradas, de la serie de platos agrios o dulces, pesados o ligeros, que componen la bella ordenación de sus banquetes; vaya y pase, todavía, si cada uno de ellos fuera servido aparte, asimilado en ayunas, doctamente saboreado por un gastrónomo de papilas intactas. Presentados al mismo tiempo, en una mezcla trivial y cotidiana, crean en el paladar y el estómago del hombre que los come una detestable confusión en donde los olores, los sabores y las sustancias pierden su valor propio y su deliciosa identidad. El pobre Lucio se divertía antaño en confeccionarme platos raros; sus patés de faisán, con su sabia dosis de jamón y especias, daban pruebas de un arte tan exacto como el del músico o el del pintor; yo añoraba sin embargo la carne pura de la hermosa ave. Grecia sabía más de estas cosas; su vino resinoso, su pan salpicado de sésamo, sus pescados cocidos en las parrillas al borde del mar, ennegrecidos aquí y allá por el fuego y sazonados por el crujir de un grano de arena, contentaban el apetito sin rodear con demasiadas complicaciones el más simple de nuestros goces. En algún tabuco de Egina o de Falera he saboreado alimentos tan frescos que seguían siendo divinamente limpios a pesar de los sucios dedos del mozo de taberna, tan módicos pero tan suficientes que parecían contener, en la forma más resumida posible, una esencia de inmortalidad. También la carne asada por la noche, después de la caza, tenía esa calidad casi sacramental que nos devolvía más allá, a los salvajes orígenes de las razas. El vino nos inicia en los misterios volcánicos del suelo, en las ocultas riquezas minerales; una copa de Samos bebida a mediodía, a pleno sol, o bien absorbida una noche de invierno, en un estado de fatiga que permite sentir en lo hondo del diafragma su cálido vertimiento, su segura y ardiente dispersión en nuestras arterias, es una sensación casi sagrada, a veces demasiado intensa para una cabeza humana; no he vuelto a encontraría al salir de las bodegas numeradas de Roma, y la pedantería de los grandes catadores de vinos me impacienta. Más piadosamente aún, el agua bebida en el hueco de la mano, o de la misma fuente, hace fluir en nosotros la sal secreta de la tierra y la lluvia del cielo. Pero aun el agua es una delicia que un enfermo como yo sólo debe gustar con sobriedad. No importa; en la agonía, mezclada con la amargura de las últimas pociones, me esforzaré por saborear su fresca insipidez sobre mis labios.

Durante algún tiempo me abstuve de comer carne en las escuelas de filosofía, donde es de uso ensayar de una vez por todas cada método de conducta; más tarde, en Asia, vi a los gimnosofistas indios apartar la mirada de los corderos humeantes y de los cuartos de gacela servidos en la tienda de Osroes. Pero esta costumbre, que complace tu joven austeridad, exige atenciones más complicadas que las de la misma gula; nos aparta demasiado del común de los hombres en una función casi siempre pública, presidida las más de las veces por el aparato o la amistad. Prefiero pasarme la vida comiendo gansos cebados y pintadas, y no que mis convidados me acusen de una ostentación de ascetismo. Bastante me ha costado —con ayuda de frutos secos o del contenido de un vaso saboreado lentamente— disimular ante los comensales que los aderezados manjares de mis cocineros estaban destinados a ellos más que a mí, o que mi curiosidad por probarlos se agotaba antes que la suya. Un príncipe carece en esto de la latitud que se ofrece al filósofo; no puede permitirse diferir en demasiadas cosas a la vez, y bien saben los dioses que mis diferencias eran ya demasiadas, aunque me jactase de que muchas permanecían invisibles. En cuanto a los escrúpulos religiosos del gimnosofista, a su repugnancia frente a las carnes sangrientas, me afectarían más si no se me ocurriera preguntarme en qué difiere esencialmente el sufrimiento de la hierba segada del de los carneros degollados, y si nuestro horror ante las bestias asesinadas no se debe sobre todo a que nuestra sensibilidad pertenece al mismo reino. Pero en ciertos momentos de la vida, por ejemplo en los períodos de ayuno ritual, o en las iniciaciones religiosas, he apreciado las ventajas espirituales —y también los peligros— de las diferentes formas de abstinencia, y aun de la inanición voluntaria, de estos estados próximos al vértigo en que el cuerpo, privado de lastre, entra en un mundo para el cual no ha sido hecho y que prefigura las frías levedades de la muerte. En otros momentos esas experiencias me permitieron jugar con la idea del suicidio progresivo, de la muerte por inanición que escogieron ciertos filósofos, especie de incontinencia a la inversa por la cual se llega al agotamiento de la sustancia humana. Pero me hubiera disgustado adherirme por completo a un sistema; no quería que un escrúpulo me privara del derecho de hartarme de embutidos, si por casualidad me venían las ganas o si este alimento era el único accesible.

Los cínicos y los moralistas están de acuerdo en incluir las voluptuosidades del amor entre los goces llamados groseros, entre el placer de beber y el de comer, y a la vez, puesto que están seguros de que podemos pasarnos sin ellas, las declaran menos indispensables que aquellos goces. De un moralista espero cualquier cosa, pero me asombra que un cínico pueda engañarse así. Pongamos que unos y otros temen a sus demonios, ya sea porque luchan contra ellos o se abandonan, y que tratan de rebajar su placer buscando privarlo de su fuerza casi terrible ante la cual sucumben, y de su extraño misterio en el que se pierden. Creeré en esa asimilación del amor a los goces puramente físicos (suponiendo que existan como tales) el día en que haya visto a un gastrónomo llorar de deleite ante su plato favorito, como un amante sobre un hombro juvenil. De todos nuestros juegos, es el único que amenaza trastornar el alma, y el único donde el jugador se abandona por fuerza al delirio del cuerpo. No es indispensable que el bebedor abdique de su razón, pero el amante que conserva la suya no obedece del todo a su dios. La abstinencia o el exceso comprometen al hombre solo; pero salvo en el caso de Diógenes, cuyas limitaciones y cuya razonable aceptación de lo peor se advierten por sí mismas, todo movimiento sensual nos pone en presencia del Otro, nos implica en las exigencias y las servidumbres de la elección. No sé de nada donde el hombre se resuelva por razones más simples y más ineluctables, donde el objeto elegido sea pesado con más exactitud en su peso bruto de delicias, donde el buscador de verdades tenga mayor probabilidad de juzgar la criatura desnuda. Partiendo de un despojamiento que iguala el de la muerte, de una humildad que excede la de la derrota y la plegaria, me maravillo de ver restablecerse cada vez la complejidad de las negativas, las responsabilidades, los dones, las tristes confesiones, las frágiles mentiras, los apasionados compromisos entre mis placeres y los del Otro, tantos vínculos irrompibles y que sin embargo se desatan tan pronto. El juego misterioso que va del amor a un cuerpo al amor de una persona me ha parecido lo bastante bello como para consagrarle parte de mi vida. Las palabras engañan, puesto que la palabra placer abarca realidades contradictorias, comporta a la vez las nociones de tibieza, dulzura, intimidad de los cuerpos, y las de violencia, agonía y grito. La obscena frasecita de Posidonio sobre el frote de dos parcelas de carne —que te he visto copiar en tu cuaderno escolar como un niño aplicado— no define el fenómeno del amor, así como la cuerda rozada por el dedo no explica el milagro infinito de los sonidos. Esa frase no insulta a la voluptuosidad sino a la carne misma, ese instrumento de músculos, sangre y epidermis, esa nube roja cuyo relámpago es el alma.

Reconozco que la razón se confunde frente al prodigio del amor, frente a esa extraña obsesión por la cual la carne, que tan poco nos preocupa cuando compone nuestro propio cuerpo, y que sólo nos mueve a lavarla, a alimentarla y llegado el caso, a evitar que sufra, puede llegar a inspirarnos un deseo tan apasionado de caricias, simplemente porque está animada por una individualidad diferente de la nuestra y porque presenta ciertos lineamientos de belleza sobre los cuales, por lo demás, los mejores jueces no se han puesto de acuerdo. Aquí la lógica humana se queda corta, como en las revelaciones de los Misterios. Y no se ha engañado la tradición popular que siempre vio en el amor una forma de iniciación, uno de los puntos de contacto de lo secreto y lo sagrado. La experiencia sensual se asemeja además de los Misterios en que la primera aproximación produce en el no iniciado el efecto de un rito más o menos aterrador, escandalosamente alejado de las funciones familiares del sueño, del beber y del comer, objeto de bromas, de vergüenza o de terror. Al igual que la danza de las ménades o el delirio de los coribantes, nuestro amor nos arrastra a un universo diferente, donde en otros momentos nos está vedado penetrar, y donde cesamos de orientarnos tan pronto el ardor se apaga o el goce se disuelve. Clavado en el cuerpo querido como un crucificado a su cruz, he aprendido algunos secretos de la vida que se embotan ya en mi recuerdo, sometidos a la misma ley que quiere que el convaleciente, una vez curado, cese de reconocerse en las misteriosas verdades de su mal, que el prisionero liberado olvide la tortura, o el vencedor ya sobrio la gloria.

He soñado a veces con elaborar un sistema de conocimiento humano basado en el erótico, una teoría del contacto en la cual el misterio y la dignidad del prójimo consistirían precisamente en ofrecer al Yo el punto de apoyo de ese otro mundo. En una filosofía semejante, la voluptuosidad sería una forma más completa, pero también más especializada, de este acercamiento al Otro, una técnica al servicio del conocimiento de aquello que no es uno mismo. Aun en los encuentros menos sensuales, la emoción nace o se alcanza por el contacto: la mano un tanto repugnante de esa vieja que me presenta un petitorio, la frente húmeda de mi padre agonizante, la llaga de un herido que curamos. Las relaciones más intelectuales o más neutras se operan asimismo a través de este sistema de señales del cuerpo: la mirada súbitamente comprensiva del tribuno al cual explicamos una maniobra antes de la batalla, el saludo impersonal de un subalterno a quien nuestro paso fija en una actitud de obediencia, la ojeada amistosa del esclavo cuando le doy las gracias por traerme una bandeja, o el mohín apreciativo de un viejo amigo frente al camafeo griego que le ofrecemos.

En el caso de la mayoría de los seres, los contactos más ligeros y superficiales bastan para contentar nuestro deseo, y aun para hartarlo. Si insisten, multiplicándose en torno de una criatura única hasta envolverla por entero; si cada parcela de un cuerpo se llena para nosotros de tantas significaciones trastornadoras como los rasgos de un rostro; si un solo ser, en vez de inspirarnos irritación, placer o hastío, nos hostiga como una música y nos atormenta como un problema; si pasa de la periferia de nuestro universo a su centro, llegando a sernos más indispensable que nuestro propio ser, entonces tiene lugar el asombroso prodigio en el que veo, más que un simple juego de la carne, una invasión de la carne por el espíritu.

Estos criterios sobre el amor podrían inducir a una carrera de seductor. Si no la seguí, se debe sin duda a que preferí hacer, si no algo mejor, por lo menos otra cosa. A falta de genio, esa carrera exige atenciones y aun estratagemas para las cuales no me sentía destinado. Me fatigaban esas trampas armadas, siempre las mismas, esa rutina reducida a perpetuos acercamientos y limitada por la conquista misma. La técnica del gran seductor exige, en el paso de un objeto amado a otro, cierta facilidad y cierta indiferencia que no poseo; de todas maneras, ellos me abandonaron más de lo que yo los abandoné; jamás he podido comprender que pueda uno saciarse de un ser. El deseo de detallar exactamente las riquezas que nos aporta cada nuevo amor, de verlo cambiar, envejecer quizá, no se concilia con la multiplicidad de las conquistas. Creí antaño que cierto gusto por la belleza me serviría de virtud, inmunizándome contra las solicitaciones demasiado groseras. Pero me engañaba. El catador de belleza termina por encontrarla en todas partes, filón de oro en las venas más innobles, y goza, al tener en sus manos esas obras maestras fragmentarias, manchadas o rotas, un placer de entendido que colecciona a solas una alfarería que otros creen vulgar. Para un hombre refinado, la eminencia en los negocios humanos significa un obstáculo más grave, pues el poder casi absoluto entraña riesgos de adulación o de mentira. La idea de que un ser se altera y cambia en mi presencia por poco que sea, puede llevarme a compadecerlo, despreciarlo u odiarlo. He sufrido estos inconvenientes de mi fortuna tal como un pobre sufre los de su miseria. Un paso más, y hubiera aceptado la ficción consistente en pretender que se seduce, cuando en realidad se domeña. Pero allí empieza el riesgo del asco, o quizá de la tontería.

Acabaríamos prefiriendo las simples verdades del libertinaje a las tan sabidas estratagemas de la seducción, si en aquéllas no reinara también la mentira. Estoy pronto a admitir en principio que la prostitución puede ser un arte como el masaje o el peinado, pero me cuesta ya sentirme a gusto en manos del barbero o los masajistas. Nada puede ser más grosero que nuestros cómplices. En mi juventud me bastaba la mirada de reojo del tabernero que me reservaba el mejor vino, privando por lo tanto a algún otro de beberlo, para asquearme de las diversiones romanas. Me desagrada que una criatura se crea capaz de calcular y prever mi deseo, adaptándose mecánicamente a lo que presume ser mi elección. Este reflejo imbécil y deformado de mí mismo, que me ofrece en esos momentos un cerebro humano, me induciría a preferir los tristes efectos del ascetismo. Si la leyenda no exagera las extravagancias de Nerón y las sabias búsquedas de Tiberio, esos grandes consumadores de delicias debieron de tener harto apagados los sentidos para procurarse un aparato tan complicado, y un singular desprecio de los hombres para tolerar que se burlaran o aprovecharan así de ellos. Y sin embargo, si he renunciado casi a esas formas demasiado maquinales del placer, o me he negado a seguir adelante, lo debo a mi suerte más que a mi virtud incapaz de resistir a cosa alguna. Podría recaer con la vejez, como se recae en cualquier forma de confusión o de fatiga. La enfermedad y la muerte relativamente próxima me salvarán de la repetición monótona de los mismos gestos, semejante al deletreo de una Lección ya sabida de memoria.

De todas las felicidades que lentamente me abandonan, el sueño es una de las más preciosas y también de las más comunes. Un hombre que duerme poco y mal, apoyado en una pila de almohadones, tiene tiempo para meditar sobre esta voluptuosidad particular. Concedo que el sueño más perfecto sigue siendo casi por necesidad un anexo del amor: reposo reflejo, reflejado en dos cuerpos. Pero lo que aquí me interesa es el misterio especifico del sueño por el sueño mismo, la inevitable sumersión que noche a noche cumple osadamente el hombre desnudo, solo y desarmado, en un océano donde todo cambia, los colores y las densidades, hasta el ritmo del aliento, y donde nos encontramos con los muertos. Lo que nos tranquiliza en el sueño es que volvemos a salir de él, y que salimos inmutables, pues una interdicción extraña nos impide traer con nosotros el residuo exacto de nuestros ensueños. También nos tranquiliza el que nos cure de la fatiga, pero esa cura temporaria se cumple por el más radical de los procedimientos, el de dejar de ser. Allí, como en otras cosas, el placer y el arte consisten en abandonarse conscientemente a esa bienhechora inconsciencia, en aceptar ser, sutilmente, más débil, más pesado, más liviano y más confuso que uno mismo. Volveré a referirme a la asombrosa población de los ensueños. Ahora prefiero hablar de ciertas experiencias de sueño puro, de puro despertar, que rozan la muerte y la resurrección. Me esfuerzo para aprehender otra vez la exacta sensación de aquellos sueños fulminantes de la adolescencia, cuando uno se dormía vestido sobre los libros, arrancado de golpe de las matemáticas y el derecho, y sumido en lo hondo de un sueño sólido y pleno, tan henchido de energía sin empleo, que en él se saboreaba, por así decirlo, el puro sentido del ser a través de los párpados cerrados. Evoco los bruscos sueños sobre la tierra desnuda, en la floresta, al término de fatigosas cacerías: el ladrido de los perros me despertaba, o sus patas plantadas en mi pecho. Tan total era el eclipse, que cada vez hubiera podido encontrarme siendo otro, y me asombraba —a veces me entristecía— el estricto ajuste que de tan lejos volvía a traerme a ese estrecho reducto de humanidad que era yo mismo. ¿Qué valían esas particularidades que tanto cuentan para nosotros, si tan poco contaban para el libre durmiente y si durante un segundo, antes de retornar descontento a la piel de Adriano, alcanzaba a saborear casi conscientemente a ese hombre vacío, a esa existencia sin pasado?

Por lo demás la enfermedad y la vejez tienen también sus prodigios, y reciben del sueño otras formas de bendición. Hace un año, después de un día especialmente fatigoso en Roma, conocí una de esas treguas en las que el agotamiento de las fuerzas provocaba los mismos milagros —u otros, mejor— que las inagotables reservas de antaño. Voy poco a la capital; una vez en ella trato de hacer lo más posible. Aquella jornada había sido desagradablemente abrumadora: a una sesión del Senado siguió otra en el tribunal, y una interminable discusión con uno de los cuestores; vino luego una ceremonia religiosa que no se podía abreviar, y sobre la cual caía la lluvia. Yo mismo había reunido, ordenado esas diferentes actividades, para dejar entre una y otra el menor tiempo posible a las importunidades y a las adulaciones inútiles. El retorno fue uno de mis últimos viajes a caballo. Llegué hastiado y enfermo a la Villa, sintiendo el frío que sólo se siente cuando la sangre se rehúsa y deja de actuar en nuestras arterias. Celer y Chabrias se afanaban, pero la solicitud puede llegar a fatigar aun cuando sea sincera. Ya en mis aposentos, tragué unas cucharadas de una tisana caliente que preparaba yo mismo— no por sospecha, como algunos se figuran, sino porque así me doy el lujo de estar solo. Me acosté: el sueño parecía tan alejado de mí como la salud, como la juventud y la fuerza. Me adormecí. El reloj de arena me probó que apenas había llegado a dormir una hora. A mi edad, un breve sopor equivale a los sueños que en otros tiempos abarcaban una semirrevolución de los astros; mi tiempo está medido ahora por unidades mucho más pequeñas. Pero una hora había bastado para cumplir el humilde y sorprendente prodigio: el calor de mi sangre calentaba mis manos; mi corazón, mis pulmones, volvían a funcionar con una especie de buena voluntad; la vida fluía como un manantial poco abundante pero fiel. En tan poco tiempo, el sueño había reparado mis excesos de virtud con la misma imparcialidad que hubiera aplicado en reparar los de mis vicios. Pues la divinidad del gran restaurador lo lleva a ejercer sus beneficios en el durmiente sin tenerlo en cuenta, así como el agua cargada de poderes curativos no se inquieta para nada de quién bebe en la fuente.

Si pensamos tan poco en un fenómeno que absorbe por lo menos un tercio de toda vida, se debe a que hace falta cierta modestia para apreciar sus bondades. Dormidos, Cayo Calígula y Arístides el Justo se equivalen; yo no me distingo del servidor negro que duerme atravesado en mi umbral. ¿Qué es el insomnio sino la obstinación maníaca de nuestra inteligencia en fabricar pensamientos, razonamientos, silogismos y definiciones que le pertenezcan plenamente, qué es sino su negativa de abdicar en favor de la divina estupidez de los ojos cerrados o de la sabia locura de los ensueños? El hombre que no duerme —y demasiadas ocasiones tengo de comprobarlo en mi desde hace meses— se rehúsa con mayor o menor conciencia a confiar en el flujo de las cosas. Hermano de la Muerte... Isócrates se engañaba, y su frase no es más que una amplificación de retórico. Empiezo a conocer a la muerte; tiene otros secretos, aún más ajenos a nuestra actual condición de hombres. Y sin embargo, tan entretejidos y profundos son estos misterios de ausencia y de olvido parcial, que sentimos claramente confluir en alguna parte la fuente blanca y la fuente sombría. Nunca me gustó mirar dormir a los seres que
amaba; descansaban de mí, lo sé; y también se me escapaban. Todo hombre se avergüenza de su rostro contaminado de sueño. Cuántas veces, al levantarme temprano para estudiar o leer, ordené con mis manos las almohadas revueltas, las mantas en desorden, evidencias casi obscenas de nuestros encuentros con la nada, pruebas de que cada noche dejamos de ser...

Comenzada para informarte de los progresos de mi mal, esta carta se ha convertido poco a poco en el esparcimiento de un hombre que ya no tiene la energía necesaria para ocuparse en detalle de los negocios del estado, meditación escrita de un enfermo que da audiencia a sus recuerdos. Ahora me propongo más: tengo intención de contarte mi vida. Como correspondía, el año pasado preparé un informe oficial sobre mis actos, en cuyo encabezamiento estampó su nombre mi secretario Flegón. He mentido allí lo menos posible; de todas maneras, el interés público y la decencia me forzaron a reajustar ciertos hechos. La verdad que quiero exponer aquí no es particularmente escandalosa, o bien lo es en la medida en que toda verdad es escándalo. Lejos de mí esperar que tus diecisiete años comprendan algo de esto. Sin embargo me propongo instruirte, y aun desagradarte. Tus preceptores, elegidos por mí, te han impartido una educación severa, celosa, quizás demasiado aislada, de la cual en suma espero un gran bien para ti y para el Estado. Te ofrezco, como correctivo, un relato libre de ideas preconcebidas y principios abstractos extraídos de la experiencia de un solo hombre —yo mismo. Ignoro las conclusiones a que me arrastrará mi narración. Cuento con este examen de hechos para definirme, quizá para juzgarme, o por lo menos para conocerme mejor antes de morir.

Como todo el mundo, sólo tengo a mi servicio tres medios para evaluar la existencia humana: el estudio de mí mismo, que es el más difícil y peligroso, pero también el más fecundo de los métodos; la observación de los hombres, que logran casi siempre ocultarnos sus secretos o hacernos creer que los tienen; y los libros, con los errores particulares de perspectiva que nacen entre sus líneas. He leído casi todo lo que han escrito nuestros historiadores, nuestros poetas y aun nuestros narradores, aunque se acuse a estos últimos de frivolidad; quizá les debo más informaciones de las que pude recoger en las muy variadas situaciones de mi propia vida. La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio, y posteriormente, la vida me aclaró los libros.

Pero los escritores mienten, aun los más sinceros. Los menos hábiles, carentes de palabras y frases capaces de encerrarla, retienen una imagen pobre y chata de la vida; algunos, como Lucano, la cargan y abruman con una dignidad que no posee. Otros como Petronio, la aligeran, la convierten en una pelota hueca que rebota, fácil de recibir y lanzar en un universo sin peso. Los poetas nos transportan a un mundo más vasto o más hermoso, más ardiente o más dulce que el que nos ha sido dado, diferente de él y casi inhabitable en la práctica. Para estudiarla en toda su pureza, los filósofos hacen sufrir a la realidad casi las mismas transformaciones que el fuego o el mortero hacen sufrir a los cuerpos; en esos cristales o en esas cenizas nada parece subsistir de un ser o de un hecho tales como los conocimos. Los historiadores nos proponen sistemas demasiado completos del pasado, series de causas y efectos harto exactas y claras como para que hayan sido alguna vez verdaderas; reordenan esa dócil materia muerta, y sé que aun a Plutarco se le escapará siempre Alejandro. Los narradores, los autores de fábulas milesias, hacen como los carniceros, exponen en su tabanco pedacitos de carne que las moscas aprecian. Mucho me costaría vivir en un mundo sin libros, pero la realidad no está en ellos, puesto que no cabe entera.

La observación directa de los hombres es un método aún más incompleto, que en la mayoría de los casos se reduce a las groseras comprobaciones que constituyen el pasto de la malevolencia humana. La jerarquía, la posición, todos nuestros azares, restringen el campo visual del conocedor de hombres: para observarme, mi esclavo goza de facilidades totalmente distintas de las que tengo yo para observarlo; pero las suyas son tan limitadas como las mías. El viejo Euforión me presenta desde hace veinte años mi frasco de aceite y mi esponja, pero mi conocimiento de él se detiene en su servicio, y el suyo se limita a mi baño; toda tentativa para informarse mejor produce, tanto en el emperador como en el esclavo, el efecto de una indiscreción. Casi todo lo que sabemos del prójimo es de segunda mano. Si por casualidad un hombre se confiesa, aboga por su causa, con su apología pronta. Si lo observamos, deja de estar solo. Se me ha reprochado que me gusta leer los informes de la policía de Roma; continuamente descubro en ellos motivos de sorpresa; amigos o sospechosos, desconocidos o familiares, todos me asombran; sus locuras sirven de excusa a las mías. No me canso nunca de comparar el hombre vestido al hombre desnudo. Pero esos informes, tan ingenuamente circunstanciados, se agregan a mis archivos sin ayudarme para nada a pronunciar el veredicto final. El que ese magistrado de austera apariencia haya cometido un crimen, no me permite conocerlo mejor. Me veo en presencia de dos fenómenos en vez de uno: la apariencia del magistrado y su crimen.

En cuanto a la observación de mí mismo, me obligo a ella aunque sólo sea para llegar a un acuerdo con ese individuo con quien me veré forzado a vivir hasta el fin, pero una familiaridad de casi sesenta años guarda todavía muchas posibilidades de error. En lo más profundo, mi autoconocimiento es oscuro, interior, informulado, secreto como una complicidad. En lo más impersonal, es tan glacial como las teorías que puedo elaborar sobre los números: empleo mi inteligencia para ver de lejos y desde lo alto mi propia vida, que se convierte así en la vida de otro. Pero estos dos medios de conocimiento son difíciles; el uno exige un descenso, y el otro una salida de uno mismo. Llevado por la inercia, tiendo como todos a reemplazarlos por una mera rutina, una idea de mi vida parcialmente modificada por la imagen que de ella se hace el público, por juicios en bloque, es decir falsos, como un patrón ya preparado al cual un sastre inepto adapta penosamente nuestra tela propia. Equipo de valor desigual; instrumentos más o menos embotados. Pero no tengo otros, y con ellos me fabrico lo mejor que puedo una idea de mi destino de hombre.

Cuando considero mi vida, me espanta encontrarla informe. La existencia de los héroes, según nos la cuentan, es simple; como una flecha, va en línea recta a su fin. Y la mayoría de los hombres gusta resumir su vida en una fórmula, a veces jactanciosa o quejumbrosa, casi siempre recriminatoria; el recuerdo les fabrica, complaciente, una existencia explicable y clara. Mi vida tiene contornos menos definidos. Como suele suceder, lo que no fui es quizá lo que más ajustadamente la define: buen soldado pero en modo alguno hombre de guerra; aficionado al arte, pero no ese artista que Nerón creyó ser al morir; capaz de cometer crímenes, pero no abrumado por ellos. Pienso a veces que los grandes hombres se caracterizan precisamente por su posición extrema; su heroísmo está en mantenerse en ella toda la vida. Son nuestros polos o nuestros antípodas. Yo ocupé sucesivamente todas las posiciones extremas, pero no me mantuve en ellas; la vida me hizo resbalar siempre. Y sin embargo no puedo jactarme, como un agricultor o un mozo de cordel virtuosos, de una existencia situada en el justo medio.

El paisaje de mis días parece estar compuesto, como las regiones montañosas, de materiales diversos amontonados sin orden alguno. Veo allí mi naturaleza, ya compleja, formada por partes iguales de instinto y de cultura. Aquí y allá afloran los granitos de lo inevitable: por doquier, los desmoronamientos del azar. Trato de recorrer nuevamente mi vida en busca de su plan, seguir una vena de plomo o de oro, o el fluir de un río subterráneo, pero este plan ficticio no es más que una ilusión óptica del recuerdo. De tiempo en tiempo, en un encuentro, un presagio, una serie definida de sucesos, me parece reconocer una fatalidad; pero demasiados caminos no llevan a ninguna parte, y demasiadas sumas no se adicionan. En esta diversidad y este desorden, percibo la presencia de una persona, pero su forma está casi siempre configurada por la presión de las circunstancias; sus rasgos se confunden como una imagen reflejada en el agua. No soy de los que afirman que sus acciones no se les parecen. Muy al contrario, pues ellas son mi única medida, el único medio de grabarme en la memoria de los hombres y aun en la mía propia; quizá sea la imposibilidad de seguir expresándose y modificándose por la acción lo que constituye la diferencia entre un muerto y un ser viviente. Pero entre yo y los actos que me constituyen existe un hiato indefinible. La prueba está en que sin cesar siento la necesidad de pensarlos, explicarlos, justificarlos ante mí mismo. Ciertos trabajos que duraron poco son despreciables, pero otras ocupaciones que abarcaron toda mi vida no me parecen más significativas. En el momento de escribir esto, por ejemplo, no me parece esencial haber sido emperador.

De todas maneras, tres cuartos de mi vida escapan a esta definición por los actos; la masa de mis veleidades, mis deseos, hasta de mis proyectos, sigue siendo tan nebulosa y huidiza como un fantasma. El resto, la parte palpable, más o menos autentificada por los hechos, apenas si es más distinta, y la sucesión de los acaecimientos se presenta tan confusa como la de los sueños. Poseo mi cronología propia, imposible de acordar con la que se basa en la fundación de Roma o la era de las olimpiadas. Quince años en el ejército duraron menos que una mañana de Atenas; sé de gentes a quienes he frecuentado toda mi vida y que no reconoceré en los infiernos. También los planos del espacio se superponen: Egipto y el valle de Tempe se hallan muy próximos, y no siempre estoy en Tíbur cuando estoy ahí. De pronto mi vida me parece trivial, no sólo indigna de ser escrita, sino aun de ser contemplada con cierto detalle, y tan poco importante, hasta para mis propios ojos, como la del primero que pasa. De pronto me parece única, y por eso mismo sin valor, inútil —por irreductible a la experiencia del común de los hombres. Nada me explica: mis vicios y mis virtudes no bastan; mi felicidad vale algo más, pero a intervalos, sin continuidad, y sobre todo sin causa aceptable. Pero el espíritu humano siente repugnancia a aceptarse de las manos del azar, a no ser más que el producto pasajero de posibilidades que no están presididas por ningún dios, y sobre todo por él mismo. Una parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes. Mi impotencia para descubrirlos me llevó a veces a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no alcanzaba a darme. Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros.


*Regalo de año nuevo de parte de este blog para sus lectores!

Sunday, December 19, 2010

El poema del yugo por Marguerite Yourcenar




Las mujeres de mi país llevan sobre los hombros un yugo;

Su corazón pesado y lento oscila entre esos dos polos;

A cada paso, dos grandes baldes de leche chocan

Uno con otro contra sus rodillas;

El alma materna de las vacas, la espuma del pasto masticado,

Brotan en olas nauseosas dulces.



Soy igual que la sirvienta de la granja;

A lo largo del dolor me avanzo de un paso firme;

El balde del lado izquierdo está lleno de sangre;

Puedes beber y saciarte de ese pujante jugo.

El balde del lado derecho está lleno de hielo;

Puedes inclinarte y contemplar tu rostro laso.

Así voy entre mi destino y mi suerte,

Entre mi sangre caliente y líquida y mi amor límpido muerto.

Y cuando esté segura que ni espejo ni bebida

Pueden ya distraer o sosegar tu corazón salvaje,

No quebraré el espejo resignado,

No volcaré el balde donde sangró toda mi vida.

Iré llevando mi balde de sangre en la noche negra

Allí donde están los muertos que en él a beber vendrán.

Iré donde están las olas con mi balde de hielo;

El breve gemido de la orilla será menos dulce que mi llanto;

Un rostro pálido grande se asomará a la duna

Y ese espejo, que ya no quieres, reflejará la faz calma de la luna.





Sunday, December 05, 2010

Monday, November 15, 2010

Wednesday, October 13, 2010

Himalaya's rhythm and blues


Entonces la M le dibuja desde su lejana banqueta una silueta falsa. Percepción imaginaria, borrosa, turbia del “io2” o el “io-mine”. Le dice “haz esto”, “no hagas aquello”, pero la M no sabe a ciencia cierta o no sabe del todo y está esperando que salga aquel o aquella a decirle “pero si yo no… o pero si yo sí, o pero”… Ya te dije, siempre hubieron cosas entre esta tierra y este cielo y no es menester publicarlas, mucho menos repetirlas.Si no las vistes, ya pasó. Nuay naa vato!

Tuesday, October 05, 2010

Seminario de Narrativa Estadounidense.


La Embajada de los Estados Unidos de América en Managua ha convocado a todos los escritores, profesores, críticos y público interesado, a un Seminario de Narrativa Norteamericana, a realizarse en Managua del 16 de octubre al 4 de diciembre del corriente año.

En el seminario se analizará la obra de autores clásicos y contemporáneos de la narrativa de Estados Unidos como William Faulkner, Jerome David Salinger, Truman Capote, Ernst Hemingway, Francis Scott Fitzgerald y Paul Auster.

El seminario está dirigido a escritores, profesores, críticos y lectores en general, radicados en Nicaragua, que deseen conocer o acercarse a la producción literaria de Estados Unidos, con el fin de ampliar y mejorar su capacidad de lectura, así como ampliar o profundizar sus conocimientos de Literatura Norteamericana.

Se realizarán ocho sesiones de dos horas y media, entre el 16 de octubre y el 4 de diciembre de 2010, que serán impartidas por los escritores nicaragüenses Iván Uriarte PhD y Msc. Erick Aguirre.

El seminario será totalmente gratuito y tiene un cupo limitado. Los interesados en participar deberán enviar, antes del 12 de octubre,  un escrito de 600 palabras máximo, exponiendo con buena redacción los motivos por los cuales desea participar, así como un breve perfil personal, de no más de cuatro párrafos, con información básica sobre su historial académico (secundaria, universidad y cursos similares recibidos, si es el caso), fecha y lugar de nacimiento, domicilio actual, teléfono y correo electrónico.

La selección de los participantes se dará a conocer el día 14 de octubre, vía correo electrónico.

Para más información: eunice.shade@gmail.com

Tuesday, September 28, 2010

Monday, August 30, 2010

highlights from Malcolm Lowry. Gusto-Eu (parte I)








"Y su vida se había convertido en una quijotesca ficción verbal"...

"en cuánto a mí, me propongo desintegrarme cuando me plazca"...

"sino que vivía en el centro mismo de su culpa, una culpa que a todas luces, lo sustentaba de un modo inexplicable"..

"la débil reliquia de una pasión por la vida vuelta veneno, que no es sólo veneno enteramente, y que se ha convertido en tu alimento diario, cuando en la taberna...

"Die glocke glocke tönt nicht mehr"

"maldito brebaje, y esta horrenda sobriedad gélida y absoluta en que lo había sumido"

"como quieras. Trogon ambiguus ambiguus (...) dos ambigüedades deben constituir una afirmación"

"esto no debe ser muy distinto, se dijo, del sufrimiento de un demente"

"podría un alma bañarse en ella y quedar limpia o apagar su sed"

"lo voluntad del hombre es irreductible. Ni dios puede reducirla"

"El periodismo equivale a la prostitución intelectual masculina del verbo y la pluma, Yvonne".

"Era comunista y talvez haya sido el mejor hombre que he conocido. Le encantaba el vino rosado de Anjou. También tenía en Londres un perro llamado Harpo. Probablemente no te parezca muy verosímil que un comunista tenga un perro llamado Harpo".

"estado de animación interrumpida"

"Cui bono?"

Esta me fascinó: "Y empezarás a percatarte de que hasta tu propia conducta es parte de los planes"

"si los senderos de gloria no llevan sino a la tumba (una vez hice una incursión en la poesía), España es la tumba entonces que nos dio la gloria inglesa".

"-Dios mío. Caballos- dijo Hugh divisando y estirándose hasta su altura mental de un metro ochenta y ocho (medía un metro setenta y nueve).

"Resultaba difícil comparar a este animal con los perros callejeros que deambulaban por la ciudad, aquellas espantosas criaturas que parecían hacerle sombra a su hermano por doquier".

"talvez haya errado antes, pero sigo en pie de guerra"

"y sin embargo, no espero, jamás en la vida ser más dichoso que ahora. Nunca encontraré paz que no esté emponzoñada como estos momentos están emponzoñados".

"todo esto se llama Porfirio Díaz: "rurales" por doquier, "jefes", "políticos" y crimen, la extirpación de las instituciones políticas liberales y el ejército, máquina de matanzas, era un instrumento del exilio".

"¿Qué era la vida sino un combate y el paso por el mundo de un desconocido? También la revolución ruge en la "tierra caliente" del alma de cada hombre. No hay paz que no deba pagar todo el peaje al infierno"

"Era un día como el de un buen disco de Joe Venuti"


---to be continued---

:)

Friday, August 27, 2010

M-limited.

Ni decir.

es aquella aura de niño como el pozo vacío de un torpe sediento
el mismo torpe,

el asno que ni siquiera entiende y asocia lo primero que se le ocurre,
pero qué podría el saber de otras grietas inconexas,
miniaturas movedizas, reales en su filo o material,
simple material o ladrillo de rojizo barro para tejas.

pobres imagenes comercialmente lujosas
de semánticas salesianas como todo él
sus especulaciones heridas en el ojo

Su tono aburridamente decimonónico y autoritario,
su tono de toga y birrete empolvado
soberbio te supe desde el origen

sos el mismo que fuiste y nunca te diré
el de los collares
el de las cuentas de prejuicios blancos
el cura con cuello clerical policromo

aquel del parque bolognese: de vos sólo eso espero.

y soy feliz.

Sunday, August 22, 2010

hysteria



ese miedo de mirarnos fijamente
o esta noche en velamen mental:
te escucho sentada y en calcetines
desde tu esquina opuesta a mí,
en el largo pasillo universitario
e imagino que algún día atreveremos a mirarnos y talvez nada o todo
y la vuelta a la nada y así

la sensación sin que nuestra mirada pueda sostenerse por más de dos segundos
porque algo fluye aquí,
un tejido tímido (magnetismo contenido) nos cubre

agachamos la cabeza pero las voces se rozan en la seda fónica de este hablar pactado
porque el Chomsky generativo requiere de aquella abstracción,
y sin suda Sloterdijk.

el cinismo y la novela que nos convoca y enciende
y somos la misma película con ligeros matices
pero algo, ambos sabemos, pasa aquí,
lo de siempre, lo que a todos,
lo que ahora se materializa en miradas elocuentes en su mudez,
e imagino, algún día, atreveremos a mirarnos

raro el silencio cuando ya no contradecimos mentiras que nos marcan y absuelven
como cuando quieren imponerte un papel que nunca interpretaste y callamos.
y quisiera escapar de un pensamiento nocivo
y me transportaras a un mundo de olores fuertes

es cuando me tiras una bola de papel cuadriculado con catorce versos adentro

desarrugo, arqueamos labios en media luna ascendente
escuchando el eco de los versos en el pabellón

y una a una se apagan las luces.

Sunday, August 15, 2010

El gran retorno de la Mica Pelona (y supongamos el resto, suponiéndolo todo ;)


“El doctor le pone la mano en el capullo... y Micaela dice “Ay Doctor, suyo, suyo, suyo. Azúcar y pimienta clavitos de olor, se muere Micaela que llamen al doctor”, dale youtube o escuchala que te va a gustar...


Soye esa Mica, viene fierita ella... Pero antes de todo algunas aclaraciones para aquellos que necesitan la pizarra. Se le llama Mica a sujeto en cuestión por un asunto de codificación entre lectores, nada de menosprecio hay aquí, en todo caso estaría en tu cabeza pipe.
Vemos pues a una Mica más serena, con una propuestita relax, un tanto desganada, con su toque de jeans flojo y sabroso de domingo. Sin embargo no se le quitan dos mañas porque “lo lógico” sería decir que la Mica es la que lo sabe todo (primera maña)...ella está de médica examinando, e hilvanando los hilos que a la Mica le parece que siguen según su tripeo personal de cauce y orientación (y ojo con eso que es chiba), porque la Mica asume su guión de contra-discurso desde la parodia del discurso en cuestión y lo explaya asumiendo de nuevo que el sujeto u objeto de su estudio piensa, siente u optará por tal o cual cosa (segunda maña). La Mica es pues médica, tejedora y adivina. Muy bien Mica, muy bien. Bárrrrbaro Mica (detéctate aquí el recurso y la carcajada). Asumir que la otra persona piensa, siente o hará “esto” vendría a ser en esa vieja película “una novatada” y “a estas alturas no le luce a nadie”. Hay que ver, pues, que la Mica se sabe bien su papel y lo interpreta sin siquiera cuestionarlo, casi como que lo tuviera encarnado. Vean cómo un prejuicio clásico se transforma en un prejuicio posmoderno, su centro nuclear es el mismo pero la membrana es arrastrada por __________ y lo desplaza a otros campos de manera que adquiere diversas formas sin perder su esencia energética. Y luego dicen que el asombro es un “pecado”.
Es interesante cómo la crítica, el subrayado o la observación se hace dentro de “la obra de teatro misma”, es decir sobre la misma base que sostiene tanto al objeto criticado como al objeto criticador. Digamos que algunos queremos salirnos de ahí y explorar y analizar toda la cadena de etcéteras articulados del timbo al tambo que a la Mica tanto le gustan y que ella conecta (hay que reconocer que en ciertos casos las conecta creativamente) como piezas de lego y feeeliz, realizada contemplando su gran figurota poli o monocroma, da igual. Digo, no sé, porque “a estas alturas” hablar de “pureza”, de macrorrelatos cristianoides “tampoco le luce a nadie”.
Aquí estamos en la búsqueda de nuevas estrategias para sobrellevar la mentira sin prejuicios de ningún tipo, cualquier película, “vieja o nueva”, es material re-utilizable (aunque suene algo newtoniano, pero ¿qué se le hace? Ahí vamos). Decía pues, sobrellevar la mentira con o sin aplomo (según el clima) y se pretende armar un edredón parchado “guatemalteco” (¿vas agarrando las comillas Mica? porque dicen bastante y nunca te las pongo de gratis, y lo hago tomando en cuenta su uso oficial con un ligero toque personal), como entrada. Después veremos cómo termina o mejor dicho hasta dónde llega o hasta dónde dejaremos llegar “la cuestión en sí”. Te blogueé alguna vez (hace muchas lunas) que “el asunto” es más “peludo” y al mismo tiempo (agrego ahora) “divertido” de lo que cualquiera podría pensar.
Bienvenida pues y no hay falla. Celebro tu retorno y of course que tengo expectativas de escrituras tuani de tu parte, pero tampoco te me engallés mucho que te desplumo, sazono y hago sopa en un 2 X 3. (son varas Mica, ya te dije: no hay fayfarifa). Aquí estamos para cuando la ocasión lo amerite. Y dejá de ser tan melodramática, que “no te luce”, "Adiós pues".

Tuesday, August 10, 2010

el fólder verde

los pies de Adriana corren sobre las escaleras eléctricas del mall. Aprieta un fólder verde relleno de hojas blancas. Auras fantasmales o hebras de pelo se elevan en su cabeza, curvas de insomnio. Ella corre sin sistema de medidas en su mochila, o tal vez sí, esconde uno: la medida propia. Aquella vez también me dijo que tenía en su librero un libro de María Zambrano y un sinnúmero de libros de historia. Sus zapatos y jeans son más apretados que los míos, recuerdo que me comentó que ya no caminaba hacia atrás, a la guerra, a los límites con alambres de púas y que convivía con un pasado móvil en el ahora. La estoy observando desde el café cuando llega al tope y cae sobre una de las rodillas, las hojas vuelan como palomas perdidas, pero se levanta agitando la cabeza como si tuviera encendido el mp3 con música de burbuja meditativa y ahí va pepenando cada uno de los papeles. Ya se percató que la tengo en la mira. Se queda con la última hoja sin meterla al fólder y me sonríe. Se acerca y se sienta frente a mí. Pide un café. El mío está frío y a 1/4 del sorbo final. Quiero leerle esto. Y lee la filosofía vox populi del buey solo bien se lame. Avanza. Ya sabe que la diferencia es un hecho no jerarquizante. Dice que le agradan los tigres, no por un asunto de estética enfermiza sino por su condición de caminantes solitarios de la selva. Que finalmente puede estar sola y con fantasmas personales sin ningún problema. Sigue leyendo más abajo. “Sabía que algún día te encontraría: “Para ordenarle que la radiopatrulla cambiara la ruta y llevara a los detenidos a la Tercera Compañía GN” ...
Detiene su lectura y muy segura de sí me advierte que no es lo que estoy pensando, que es literatura, que pretende serlo o que algún día lo será. Que la historia no es una mochila para cargar. Aprovecha la capacidad de ser invisible para llorarme un poco. Me dice que son debilidades, material de fortaleza que sólo unos cuántos entienden. Acomoda y ordena sus papeles, chequea su agenda, se limpia el rostro. Se instala en el presente inmediato. Le digo que no tenga pena, que conmigo puede hablar todo lo que quiera sin inhibiciones. Que conmigo puede contar siempre que lo necesite, que para eso me tiene. Me dice que las personas a las que supuestamente “más le tenemos miedo”, resultan ser siempre las que más nos decepcionan. Curvo los labios al agachar la cabeza ligeramente sin dejar de verla a los ojos. Me toma las manos y me dice (ella siempre dice) que por eso hay que estar agradecidos, porque el capuchino es una galaxia de olor y sabor. Pero tiene que irse. Se levanta con el fólder verde y los papeles adentro y el café, uno en cada mano. Me cierra un ojo y yo cierro los dos y la veo correr. Bota el chingaste y el vaso de café en la basurera de las afueras. Está esperando la ruta. Sonríe ampliamente cuando la 119 apunta a su rostro. Se monta y es la misma 119 de hace 12 años. Se sube y suena a todo volumen un rock de los buenos (es un día de buena suerte), el bus va vacío y los asientos más anaranjados que una naranja fantasía de sudor, la temperatura 38 grados C, huele a mofles descompuestos, afuera el piterío de los carros, sabe a vida, con sarro en las puntas, pero vida después de todo.

Sunday, August 01, 2010

Brassai, Reunión de cráneos (1944)



Eduardo De Benito

Fotografía de Brassaï, que no aparece en la foto, ya que está tras la cámara. Gyula Halász (1899-1984) nació en Brassó (entonces Hungría) y tomó modificado ese nombre para firmar sus fotografías. En 1933 Henry Miller lo denominó “El ojo de París”. Tiene un interesante libro: “Brassaï, Conversaciones con Picasso”, Turner-Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002. La reunión fue motivada por la puesta en escena de “Le Désir attrapé par la queue”, una pieza teatral en 6 actos de Pablo Picasso. La lectura fue en la casa de Michel Leiris el 19 de marzo de 1944. con puesta en escena de Albert Camus. Los fotografiados se encargaron de dar vida a los personajes de la obra teatral.

La primera vez que se realizó una lectura pública de “Le Decir attrapé par la queue” fue el 19 de marzo de 1944, en el apartamento de Michel y Lousie Leiris, ubicado en la cuarta planta de una casa del quai des Grands-Augustins, a poca distancia del taller de Picasso. El director y responsable de escena fue Albert Camus, quien explicaba los decorados, anunciaba los actos y presentaba a los protagonistas. Lo hizo provisto de un bastón que golpeaba tres veces. Michel Leiris representó al Gran Pie, Raymond Queneau hizo de Cebolla, asimismo Jean-Paul Sastre le tocó el papel de Fondo Redondo y Las Angustias fueron interpretadas por Georges Hugnet y Dora Maar. Los breves parlamentos de Las Cortinas y El Silencio los dijeron Jean Aubier y Jacques-Laurent Bost, respectivamente. Zanie de Campan, Lousie Leiris y Simone de Beauvoir se repartieron los roles de La Tarta, Los dos caniches y La Prima. Ensayaron varias tardes y el propio Picasso asistió muchas veces a las sesiones. Durante la “premier”, el pintor malagueño, colocó en la chimenea un retrato del poeta Max Jacob, como homenaje de su muerte en el campo de batalla el 5 de marzo de 1944. A la función asistieron entre otros intelectuales: Jean-Louis Barrault, Georges Bataille, Sylvia Bataille, Georges Braque, Maria Casarès, Valentine Hugo, Jacques Lacan, Georges Limbour, Henri Michaux, Mouloudji, Lucienne et Armand Salacrou y Pierre Reverdy. Después de tres meses de la representación, Picasso volvió a reunir a sus amigos actores para darles las gracias por esa inolvidable velada. Y fue entonces cuando Brassaï inmortalizó el momento con varias fotos.

Cortesía Eduardo De Benito

Thursday, July 29, 2010

efectos del salón constructivista ("los peores" son los míos ;)





Se jugaba en serio con silencios de una camisa que parecía a la medida. En la entrada principal abismos no lineales (sin el exceso activo-progresista de la segunda pasividad auto-generativa de “esta larga época”). En definitiva no. Así entró por la puerta con los zapatos desgastados, así se infiltró cargando dos sombras, dos hilos creados: uno real y otro ficticio. Aires provocados de Stephen en una laptop con textos a medias, con miríadas de adolescentes corriendo de un lado a otro en los pasillos. Aquello sí era olvidar desde los zapatos de mi vieja obrera, el papelero ajeno, el lapicero azul y rojo, el libro de notas. Los estudiantes al frente frescos como un lunes de madrugada y pensar que en escasos momentos de cometas o eclipses el movimiento ligero de un solo dedo podía... luego la corteza marrón, ya tatuada de por vida y hasta la muerte en Altagracia y el Dimitrov, rayada, cicatrizada con mensajes, mentiras, promesas, versos, lamentos, besos a escondidas: no olvides que aquí estoy, porque te parecerá que ya no vivís para vos y nada malo hay en eso. Viejos zapatos de obrera que caminó tanto y feliz por las calles de la vieja Managua, viejos zapatos vueltos mocasines sosteniendo un árbol pequeño que apunta a un horizonte de ceños confusos y limpios, que agitados hojean desordenadamente una novela del boom. Ahí estaban, cada uno mostrando su piel lozana, fatigados de las espirales de tiempo diverso en sus adentros. Aquello sí era olvidar la impresión segunda y hasta tercera de las esquinas castigadas. Fue cuando se levantó para escribir en la pizarra una sola palabra de apertura, anti-subjetividades que poco a poco se extendían en las finas venas de sus hojas, que poco a poco se dibujaban para desdibujarse en un laberinto de voces inquietas. Esto sí era respirar sin cogestión nasal o algo parecido.Y ella siempre estaba, como amuleto innecesario, ahí estaba con todos sus lunares...

Wednesday, July 21, 2010

Monday, July 12, 2010

Thursday, July 08, 2010

De libros mal parqueados y lecturas compartidas

o regalos inusitados
y qué libro
y estos pies en el umbral
 y qué paratexto:

"En todo caso lector, no consideres estas páginas como una afrenta a tu inteligencia, ya que más bien demuestran que, en ocasiones, el autor cuestiona la suya (...) se me sugerían grandes correcciones que yo me resistí a llevar a cabo (tú hubieses reaccionado del mismo modo si un libro escrito por tí te hubiese atormentado durante largo tiempo, y hubiese sido rechazado y reescrito varias veces (...) el intento fue sin duda bastante insensato: exponer toda clase de razones esotéricas para que mi obra no fuese alterada. Esas razones en la actualidad las he olvidado casi todas, felizmente para tí, quizás.Es demasiado cierto, en efecto, que, tal como observa Sherwood Anderson, un escritor adopta las pretensiones más inesperadas en todo aquello que concierne a su obra, y se apresura a justificar cualquier cosa. También es posible que uno de los pocos comentarios honestos que un autor haya hecho jamás sea el de Julien Green refiriéndose, creo, a su magistral Minuit: "Mi intención fue para mí oscura desde el principio, y sigue siéndolo" (...) oscura o no, lo importante de todo esto es que una de mis intenciones fue siempre, de eso estoy seguro, la de escribir un libro (...) y quizá no sea inútil mencionar que el libro fue concebido al principio, de un modo un tanto pretencioso, sobre el sempiterno modelo de Almas Muertas de Gógol, y como la primera parte de una especie de Divina Comedia ebria. El Purgatorio y El Paraíso debían seguir a continuación, ya que el protagonista como Chíchikov, mejoraba en cada etapa, o bien empeoraba, según la opinión de cada uno. (Teniendo en cuenta que, según una autoridad reciente, el increíble Vladimir Nabokov, la progresión postulada por Gógol sería más bien: crimen, castigo, redención. Gógol echó al fuego casi todo el castigo y la redención) (...) esta novela (...) tiene como tema las fuerzas que moran en el interior del hombre, y que le llevan a asustarse de sí mismo. El tema es también el de la caída del hombre, el de sus remordimientos, el de su incesante combate hacia la luz bajo el peso del pasado, el de su destino (...) puede ser considerada como una especie de sinfonía, como una ópera, o como una película de vaqueros. Yo quise hacer música hot, un poema, una canción, una tragedia, una comedia, una farsa, y así sucesivamente".

si he de perderme aquí, así sea
si el egoísmo me obliga a callar
(tengo un anillo de años silenciosos en la garganta,
una galaxia que antes y después de tu "tiempo" pacífica se expande a ritmo propio)
si el egoísmo me obliga a guardar
a no decir lo que veo...
que tu mente "piense" lo que desea (no lo que es)
con Malcom me voy lejos, cuando regrese
ya no estaré cerca de tu sombra.

Monday, July 05, 2010

get a life dude, o la idea fija de la frittanga empedada de un enano en hedentina.

Imitación de lo ajeno no. 2 con variante vendaval desestreñido (o al menos en proceso)


io tan solo. marcando tiempo en el blue pumpkin bufeteado de la nada 
-sin siquiera Nada- apretujandome las arrugas
conteniendo al límite la guesera dispar baratieri que io soy
la falsedad atascada en mi gargajal de rumiante aspirador


veánme en mi poquedad recar y descar-GADA

Oh ociocidad del agujero mental que inclinado me succiona a lo primero
a la especulatta empedada de su aburrido dizquehacer
del reflejo propio de su astucia no menos zorrona recién reventada del chicuije
ya no otro sentimiento más "compadecer" lo externo e intraridiculum de su pupilar quebradirojizo en la esquina
sediento de una emboscada sin macrorrelatos paternalistas que le reventaran su furiecita todavía dependiente
de sus espejimos
sus es-pe-jis-mos
sus fi-je-zas, mal pret y eten-didas como aquel que fue ahh ya quisiera su cerotaza palabra de pueblo
ahh
ahh..


su monserga totalitariam
CAUsIada
indigna de contestarle un porque sí
ya fuera de la dialéctica
ya sin newtonsong
ya sin el yansin mismo
un laberinto de pura saliva pajopastosa y letral

No. el algodoncillo le comejene las encías
y su culillo de pelambre blanca en su Causiar cotidiano
y de ocasión.

el azar intestinal va de vos, ahí va. cuidado que se te va.

zorrillo de meta-pathas hongudas comestibles en frittatta
su pedo atravezado le reclama lo airea en su jincar interino
lo impele al su impulsojuyo de expulsar la diarreica contenida expresión
esencial de su liviandad crítica.

ah

ahh.
recíbete estos chilotes pelados, bien pelados, repelados.

Friday, June 25, 2010

lecturas marxistas


(que nada tienen que ver con "la fe", con lo que creo, con Fidel and co. etc y mucho menos con lo primero que se te ocurrió camote)


"Lo que falta a todos estos señores (los críticos burgueses de Marx), es la dialéctica. Continúan viendo, aquí sólo la causa, allí, sólo el efecto. Es una abstracción vacía, en el mundo real semejantes antagonismos polares metafísicos no existen más que en las crisis, pero todo el gran curso de las cosas se produce bajo la forma de acción y reacción de fuerzas, sin duda muy desiguales, el movimiento económico de las cuales es, con mucho, la fuerza más poderosa, la más inicial, la más decisiva, aquí no hay nada absoluto y todo es relativo, todo esto, qué quieren ustedes, ellos no lo ven; para ellos, Hegel no ha existido".

Engels, Carta a Conrad Schmidt del 27 de octubre de 1890

Thursday, June 24, 2010

El “disidente” (Radical Chic): los burgueses con corazón de masa


Información previa

Hace tres años, Tom Wolf, el periodista norteamericano especializado en “nuevas tendencias”, publicó una larga crónica, Radical Chic, descripción de una velada en el departamento dúplex del compositor y director de orquesta Leonard Bernstein y su esposa Felicia.
Los Bernstein citaron a un grupo de la sociedad neoyorquina para presentarles un grupo Black Panthers que solicitaban ayuda económica (defensa legal de camaradas injustamente acusados de asesinatos, etcétera). El patrocinio de los concurrentes y actitudes similares, como la de quienes apoyaron en fiestas lujosísimas los boicots promulgados por la organización de César Chávez, obtuvieron de Wolfe el calificativo de Radical Chic, el interés político de izquierda considerado como actividad prestigiosa o gesticulación social de la temporada. Entre sacudimientos estructurales, secuestros y compromisos existenciales varía el concepto de elegancia y el viejo tren de la historia debe admitir – la metáfora sigue aunque se estrelle– compartimentos especiales y a la moda.

Información póstuma

¿Hay o puede haber Radical Chic en México? Acúdase a una asamblea estudiantil en famosa universidad particular. Los presentes son –de manera ostensible– hijos de la abundancia, automóvil de lujo, casas de veraneo, porvenir asegurado al veinte por ciento anual, facilidades educativas, poder adquisitivo a la puerta. Han acudido al meeting con inquietudes y ceño preocupado. Ser rico es desgracia que se transforma en responsabilidad, y uno de los métodos para transportar esa responsabilidad dignamente es pronunciándose contra los ricos (no sin compadecerlos en silencio por su desgracia).
No se trata de renunciar a lo ya habido. Eso ya está habido y ni siquiera entra a discusión. Tampoco cuestionarse– aunque se les describa de modo humorístico– los orígenes de la fortuna personal. Uno está por encima de esas insignificancias. Uno, qué diablos, es radical, detesta a la maldita oligarquía y hay que hacer añicos a la explotación, de otro modo cómo heredar sin problemas la fábrica, cómo irse a Europa tres años al doctorado, cómo fijar el nuevo estéreo en la cabaña, cómo adquirir el carro sport, cómo aceptar las conversaciones triviales del fin de semana.
Ella se levanta y manifiesta su deseo vehemente de ir al pueblo, de enseñarle a pensar, hacerle ver el tiempo perdido dejándose enajenar. Ella insiste en la terrible misión: desenajenar a los desposeídos. “Para eso estudiamos. Para que el pueblo nos escuche y se desenajene”. Ella dirige su mensaje a la agitada y combativa asamblea: “Sigamos siendo lo que somos, pero de modo revolucionario: burgueses con corazón de masas”.
Ser radical chic en México es compromiso inmenso. Porque como se vea tal actitud sigue siendo vanguardista. La buena sociedad todavía no acepta a los acelerados. Qué va y recuérdenme que les hable de Puebla y Monterrey. Los de “arriba” continúan tradicionalistas, creyentes en la firmeza ennoblecedora del dinero, enemigos por principio de cualquier concesión a las masas. Aquí no se conoce ni se admite la emoción de ponerse del lado del enemigo (por razones sociales, of course). La oligarquía adulta sigue chapada a la antigua, los valores de la propiedad, la decencia y el honor, los merecidos privilegios, la amenaza roja y dále con el repertorio de peligros de una película de Blue Demon en la Atlántida.
Pero nada de eso afecta a los más intrépidos de la nueva generación. El radical chic a la mexicana no está exasperado por la injusticia. Lo exaspera la falta de sensibilidad social de su ambiente. Para él, las contradicciones que más se agudizan son las del buen gusto. ¿Cómo es que los de su clase no se dan cuenta de lo formidable, de lo excitante de una asamblea que dura ocho oras? Usar lenguaje fuerte, chingada madre, darle validez política a las palabras que hacen sonrojar a sus tías, leer manifiestos, injuriar al Sistema. ¡Qué tremendo, qué cabrón pero en serio! Así debió sentirse Errol Flynn. Esto es lo máximo, jugar a la revolución sin que intervengan ni las consecuencias ni el temor a las consecuencias, entrarle a los cocolazos a horas fijas, padrísimo, qué buena rola, cómo pudieron los de la generación caduca pasarla bien sin sentirse en el merito centro de la impugnación.
Ella está emocionadísima. Nada de las torpes aventurillas del colegio de monjas, ni el sopor de slaloms o fiestas de halloween, ni las diversiones circulares de Acapulco. Lo que hoy sucederá es formidable: va a presentarse en un barrio pobre a concientizar a la gente. Ni más ni menos: qué padre es eso de concientizar, de tirarle la neta a los pobres. ¡Qué falta les hace que se den cuenta de que los explotan! Mira obrero, déjame explicarte la plusvalía. ¡Qué aliviane, qué estrujante es todo! Tocho morocho la ideología. Obrero, tú puedes cambiar tu situación. Organízate obrero, concientízate, politízate, que no te instrumenten, que no te implementen despolitizándote. Tocho morocho la impugnación. Oye nuestro mensaje obrero, ya es tiempo que sepas que la burguesía existe y es bien abusiva. Date por enterado. Tocho morocho la burguesía.
Y ella se emociona más y se promete politizar a sus amigas (a las Menos Enajenadas) porque esta onda aguanta las toneladas. Aunque no se puede con las de su clase. ¿No el otro día y no tan en broma, le comentó una chava que en los volantes invitando a las manifestaciones hacía falta poner el R. S.V.P?
Que nadie demerite al radical chic. Claro que toma en serio su compromiso. ¿Quién es uno para juzgar la sinceridad ajena? Nadie, desde luego, uno nunca es alguien, así se adorne con escepticismos, malevolencias o reticencias sardónicas. Kropotkin fue príncipe y el latifundista señor Madero inició la Revolución y en ninguno de los casos se trataba de cuates jugando a los bonitos equilibrios psicológicos y las emociones fuertes en la índole de “¡Que viene la revolución, que el suelo tiembla bajo nuestros pies, que el viento trae noticias del desastre, que ya llega la tormenta, que somos (ardientemente) los sepultureros de nuestra propia clase!”.
No reduzcamos el problema al terror oportunista de la clase dominante ante lo inevitable del cambio. El radical chic rechaza al Sistema porque a él nadie lo manipula y ya no confía en ninguna de las organizaciones existentes y si expresa su repudio al Enajene usando pantalones vaqueros viejos y un suéter agujereado es su problema. A él le importa otra cosa: hay conciencia o no hay conciencia. Por eso ignora la duda, porque sabe de la miseria y de la humillación. A él le constan la ineptitud y dejadez de los marginados, su incapacidad para dirigirse solos: qué de lecciones no habrá extraído de su conocimiento de la Historia.
Pobre del pobre. ¿Cómo no compadecer a esas mayorías invisibles? Por fortuna, él está allí para defenderlas. Para captar las noticias que a todos se les escapan. Y examinar las estadísticas aterradoras. Y difundir los lemas donde la posición realista demanda lo imposible. Y exhibir su ambición de vivir intensamente sin temerle a las opciones. Concientízate o sácate. El radical chic a la mexicana se concientiza, definitivamente, y hay que educar políticamente a los campesinos y formar brigadas que trabajen en los pueblos…
Y le puede pedir prestada una camioneta a su padre. Es hora de que los campesinos reciban una orientación adecuada. Son tan formidables, tan nobles, con esos rostros de tierra labrada, con esas manos ennoblecidas por los siglos. ¡Qué tipazos! Cómo le gustaría retratarse con ellos. Si son la base. Con que estuvieran un poquito politizados. Con que localizaran a su enemigo de clase. Con que no se les notara tanto la enajenación hasta en el modo de saludar.
Ya está a punto de adquirirla, ya la presiente, ya se acerca numerosa y decidida… Ya viene la conciencia proletaria. El radical chic se prepara para el acto simbólico, el acto purificador. Dentro de unas semanas, dentro de unos días, dentro de unas horas se va a desclasar (¡a desclasar!) y ya va a hacerse cargo de otra mentalidad combativa, vigorosa, proletaria. La cara que van a poner sus compañeros de escuela, las amistades de familia, su tío que es Caballero de Colón, su madrina que es del Opus Dei, su padre que está en el consejo de administración de 32 empresas. La cara que van a poner cuando les diga que están condenados históricamente. Al principio no le van a creer. Luego van a querer transarlo. ¿Por quién me toman? Palabra que no más por prever sus reacciones vale la pena proletarizarse. Se van a poner trabados, lo van acusar de traidor. Pero él ni chicles. Firme. A gusto. Le va a responder a la Línea de Masas, no a unos burgueses de porquería. Y será sensacional cuando en las vacaciones de Vallarta les suelte citas de Lenin a la familia. Les va a salir espuma. Que se epaten y le tengan miedo, que ya no lo vistan sus confusiones: él nunca ha sido como el resto de esos mediocres. El siempre ha sido distinto, mejor, concientizado desde antes de saberlo, concientizado mucho antes que estos pobres borregos proletarios tan manipulables y tan dejados de la mano de Dios.

1973, Carlos Monsiváis.


Les comparto este texto del escritor mexicano Carlos Monsiváis (q.e.p.d). De la sección “La crema de la crema” de su libro “Amor Perdido”.
Otro texto recomendado de “Amor Perdido”: “El Self-Made man: sin ayuda de nadie se hizo a sí mismo”. En realidad todo el libro es recomendadísimo! saludos para todos y todas :)

Tabúes de escritor



Temas hay que deberían ser tabués para el escritor que se respete un poco, sólo un poco. La pureza (formulada o implícita, sinónimo de integridad y rectitud) es uno de esos temas, probable reminiscencia del dogma mariano. En una de sus prestigiadas apariciones, nos lo recuerda el anónimo canto memorizado en la niñez, la Virgen:

habló contra el lujo,
contra el falso amor;
pidió la pureza
que agrada al Señor.


Como respuesta, el refinadísimo azúcar verde y el tosco azúcar rojo, el café molido y el café soluble, la leche pausterizada y la manteca de marca monárquica, el ácido acetilsalicílico y el jabón de bola, reclaman para sí esa virtud de orden moral: la pureza.

Tema-tabú ha de ser también el amor en cualquiera de sus dos vertientes: el Amor Divino y el amor humano. Los importadores de bólidos europeos afirman que éstos se compran no sólo con dinero, sino con amor, lo que demostraría la infinitud del cinismo creador. La metódica invasión que nos viene del Norte recalca un palurdo lema: paz & amor. Y pasan por la televisión un programa (cómicos y trompetistas patilludos expresándose en un deplorable español de acentos asquerosamente USAmericano) que nos vende las excelencias del amor. Alabado sea Dios.

Tocante al amor, amar resulta lo adecuado. Y en silencio, plis. Hasta el Arte de amar (Fromm) es absolutamente inútil si antes no se ha leído el original, el del poeta Ovidio; o al menos la esotérica Función del orgasmo, del impenetrable doctor Reich. En una sociedad de explotadores, bandidos y arribistas, lo esperado y lo noble es hablar de amor. Así se explica la eterna tentación de los intelectuales de querer convertirse en conciencia de la comunidad. Pero lejos de ser una conciencia política radicalizada, se trata de una simple (por no decir insípida) conciencia ética “humanitaria”. Adoptan un tono de sermón laico que viene a resultar aburridísimo, cliché o eco desconsiderado de autores como Huxley o el mismo Fromm. Y si Fromm jamás se compuso, Huxley –en cambio– se descompuso: el Huxley convincente, lo ha visto claro Chaplin en sus memorias, fue el escéptico de linaje volteriano.

El tema de la tradición es otro de los pantanos por los que uno no ha de traficar. Las casas comerciales cuentan con una larga tradición, mensurable en décadas, de intachable honradez. Los programas radiales del Estado, en donde una dama lamentable y enfática quiebra teatralmente la voz, machacan que es preciso conservar la tradición; guitarras y marimbas, para que no lo dudemos, sirven de entusiasmado fondo musical. Las fiestas patronales, aprovechadas por jinete acaudalados para exhibir acicaladas bestias de pura sangre, conservan la tradición. El Partido Conservador, partida de colaboracionistas desde los viejos tiempos de Nezahualcoyolt, también conserva la tradición.
Yo mismo, según sospecho, he caído en el lodazal de la tradición, porque cultivo la obsesiva fantasía de que mi talento individual ha sido alimentado por la tradición oral recibida de los ancianos de la Tribu. Debido a que voluntariamente uno escoge anteojos de caballo cochero para hollar determinado y prefijado camino, no pocas veces tradición es traición.

Publicistas, comerciantes, industriales, pastores de alma, poetas sensibles, bien pueden sucesivamente hablar de pureza, de amor, de tradición. Sabemos que terminarán lanzándonos a la cara, como escupitajo o venablo, la pregunta del millón: ¿Qué es el hombre? Eso, naturalmente, adoptando el grave silabeo de británico asimilado del señor Eliot. A uno le atañe, mientras tanto, no contribuir al desorden general agregando caos al caos.

Julio de 1977

De Malas Notas, les comparto este texto de
Beltrán Morales (1945-1986) escritor nicaragüense.

About Me

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"You made me confess the fears that I have. But I will tell you also what I do not fear. I do not fear to be alone or to be spurned for another or to leave whatever I have to leave. And I am not afraid to make a mistake, even a great mistake, a lifelong mistake and perhaps as long as eternity too"...