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Tabúes de escritor



Temas hay que deberían ser tabués para el escritor que se respete un poco, sólo un poco. La pureza (formulada o implícita, sinónimo de integridad y rectitud) es uno de esos temas, probable reminiscencia del dogma mariano. En una de sus prestigiadas apariciones, nos lo recuerda el anónimo canto memorizado en la niñez, la Virgen:

habló contra el lujo,
contra el falso amor;
pidió la pureza
que agrada al Señor.


Como respuesta, el refinadísimo azúcar verde y el tosco azúcar rojo, el café molido y el café soluble, la leche pausterizada y la manteca de marca monárquica, el ácido acetilsalicílico y el jabón de bola, reclaman para sí esa virtud de orden moral: la pureza.

Tema-tabú ha de ser también el amor en cualquiera de sus dos vertientes: el Amor Divino y el amor humano. Los importadores de bólidos europeos afirman que éstos se compran no sólo con dinero, sino con amor, lo que demostraría la infinitud del cinismo creador. La metódica invasión que nos viene del Norte recalca un palurdo lema: paz & amor. Y pasan por la televisión un programa (cómicos y trompetistas patilludos expresándose en un deplorable español de acentos asquerosamente USAmericano) que nos vende las excelencias del amor. Alabado sea Dios.

Tocante al amor, amar resulta lo adecuado. Y en silencio, plis. Hasta el Arte de amar (Fromm) es absolutamente inútil si antes no se ha leído el original, el del poeta Ovidio; o al menos la esotérica Función del orgasmo, del impenetrable doctor Reich. En una sociedad de explotadores, bandidos y arribistas, lo esperado y lo noble es hablar de amor. Así se explica la eterna tentación de los intelectuales de querer convertirse en conciencia de la comunidad. Pero lejos de ser una conciencia política radicalizada, se trata de una simple (por no decir insípida) conciencia ética “humanitaria”. Adoptan un tono de sermón laico que viene a resultar aburridísimo, cliché o eco desconsiderado de autores como Huxley o el mismo Fromm. Y si Fromm jamás se compuso, Huxley –en cambio– se descompuso: el Huxley convincente, lo ha visto claro Chaplin en sus memorias, fue el escéptico de linaje volteriano.

El tema de la tradición es otro de los pantanos por los que uno no ha de traficar. Las casas comerciales cuentan con una larga tradición, mensurable en décadas, de intachable honradez. Los programas radiales del Estado, en donde una dama lamentable y enfática quiebra teatralmente la voz, machacan que es preciso conservar la tradición; guitarras y marimbas, para que no lo dudemos, sirven de entusiasmado fondo musical. Las fiestas patronales, aprovechadas por jinete acaudalados para exhibir acicaladas bestias de pura sangre, conservan la tradición. El Partido Conservador, partida de colaboracionistas desde los viejos tiempos de Nezahualcoyolt, también conserva la tradición.
Yo mismo, según sospecho, he caído en el lodazal de la tradición, porque cultivo la obsesiva fantasía de que mi talento individual ha sido alimentado por la tradición oral recibida de los ancianos de la Tribu. Debido a que voluntariamente uno escoge anteojos de caballo cochero para hollar determinado y prefijado camino, no pocas veces tradición es traición.

Publicistas, comerciantes, industriales, pastores de alma, poetas sensibles, bien pueden sucesivamente hablar de pureza, de amor, de tradición. Sabemos que terminarán lanzándonos a la cara, como escupitajo o venablo, la pregunta del millón: ¿Qué es el hombre? Eso, naturalmente, adoptando el grave silabeo de británico asimilado del señor Eliot. A uno le atañe, mientras tanto, no contribuir al desorden general agregando caos al caos.

Julio de 1977

De Malas Notas, les comparto este texto de
Beltrán Morales (1945-1986) escritor nicaragüense.

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