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el fólder verde

los pies de Adriana corren sobre las escaleras eléctricas del mall. Aprieta un fólder verde relleno de hojas blancas. Auras fantasmales o hebras de pelo se elevan en su cabeza, curvas de insomnio. Ella corre sin sistema de medidas en su mochila, o tal vez sí, esconde uno: la medida propia. Aquella vez también me dijo que tenía en su librero un libro de María Zambrano y un sinnúmero de libros de historia. Sus zapatos y jeans son más apretados que los míos, recuerdo que me comentó que ya no caminaba hacia atrás, a la guerra, a los límites con alambres de púas y que convivía con un pasado móvil en el ahora. La estoy observando desde el café cuando llega al tope y cae sobre una de las rodillas, las hojas vuelan como palomas perdidas, pero se levanta agitando la cabeza como si tuviera encendido el mp3 con música de burbuja meditativa y ahí va pepenando cada uno de los papeles. Ya se percató que la tengo en la mira. Se queda con la última hoja sin meterla al fólder y me sonríe. Se acerca y se sienta frente a mí. Pide un café. El mío está frío y a 1/4 del sorbo final. Quiero leerle esto. Y lee la filosofía vox populi del buey solo bien se lame. Avanza. Ya sabe que la diferencia es un hecho no jerarquizante. Dice que le agradan los tigres, no por un asunto de estética enfermiza sino por su condición de caminantes solitarios de la selva. Que finalmente puede estar sola y con fantasmas personales sin ningún problema. Sigue leyendo más abajo. “Sabía que algún día te encontraría: “Para ordenarle que la radiopatrulla cambiara la ruta y llevara a los detenidos a la Tercera Compañía GN” ...
Detiene su lectura y muy segura de sí me advierte que no es lo que estoy pensando, que es literatura, que pretende serlo o que algún día lo será. Que la historia no es una mochila para cargar. Aprovecha la capacidad de ser invisible para llorarme un poco. Me dice que son debilidades, material de fortaleza que sólo unos cuántos entienden. Acomoda y ordena sus papeles, chequea su agenda, se limpia el rostro. Se instala en el presente inmediato. Le digo que no tenga pena, que conmigo puede hablar todo lo que quiera sin inhibiciones. Que conmigo puede contar siempre que lo necesite, que para eso me tiene. Me dice que las personas a las que supuestamente “más le tenemos miedo”, resultan ser siempre las que más nos decepcionan. Curvo los labios al agachar la cabeza ligeramente sin dejar de verla a los ojos. Me toma las manos y me dice (ella siempre dice) que por eso hay que estar agradecidos, porque el capuchino es una galaxia de olor y sabor. Pero tiene que irse. Se levanta con el fólder verde y los papeles adentro y el café, uno en cada mano. Me cierra un ojo y yo cierro los dos y la veo correr. Bota el chingaste y el vaso de café en la basurera de las afueras. Está esperando la ruta. Sonríe ampliamente cuando la 119 apunta a su rostro. Se monta y es la misma 119 de hace 12 años. Se sube y suena a todo volumen un rock de los buenos (es un día de buena suerte), el bus va vacío y los asientos más anaranjados que una naranja fantasía de sudor, la temperatura 38 grados C, huele a mofles descompuestos, afuera el piterío de los carros, sabe a vida, con sarro en las puntas, pero vida después de todo.

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