Friday, November 30, 2012

Espesura del deseo de Eunice Shade



Alejandro Serrano Caldera*


El libro de Eunice Shade, Espesura del Deseo, es un desafío a la imaginación y a la razón, pues en virtud de una dialéctica implícita, la una afirma a la otra mientras la niega.

La imaginación con la que trata algunos temas, más allá de las reglas de la racionalidad, pareciera ser, no obstante, una forma de expresión de la razón que deliberadamente se impone salir de los cánones habituales del razonamiento, para presentarnos un mosaico aparentemente arbitrario de diferentes temas, pero que reafirman su racionalidad en la acción, deliberada o espontánea, de ser presentados así, pero que además revelan la forma en que los sentimientos sobre diferentes puntos, filosóficos, literarios o existenciales, están presentes en la autora como sensibilidad racional o racionalidad sensible. (¿Tendrá esto algo que ver con la inteligencia sentiente de Zubiri?)

Por otra parte, la racionalidad que pudiera haber en los temas tratados, puede encontrarse con dificultades, por supuesto, al final de la lectura y a partir de una idea global que el lector se forma del conjunto de los escritos presentados, de manera tal, que en este caso, las partes se explican en el todo.

¿Es esto así? O es más bien consecuencia del empeño del lector, en el caso presente del lector que esto escribe, quien al buscar el hilo conductor de los textos, la lógica subyacente, está ya interviniendo en la construcción de la obra. ¿Será la intención que los lectores participen como coautores, no sólo aportando las respuestas personales, sino también proponiendo las preguntas? Pareciera un desafío mediante el cual se le dice al lector que ya tiene las respuestas de antemano y que sólo le falta elaborar las preguntas.

Pero podría pensarse también, que cada escrito o cada capítulo es ya un todo en su individualidad y que el libro no tiene otra intención que recoger diversos textos en uno de carácter general, sin que necesariamente haya que buscar ningún tipo de correlación o complementación. Son ellos, en todo caso, desafíos a la imaginación, la razón y la sensibilidad que Eunice nos propone en su libro en el que ella ve a la filosofía en el laberinto, como era el título original de estos escritos.


*Escritor y filósofo nicaragüense.



Sunday, November 04, 2012

La bendición de Polímnia


Para el Doctor Alejandro Serrano Caldera, campeón panamericano de oratoria y debate



 (una pequeña memoria)

Eunice Shade

Dos pasiones me acompañarán siempre: la escritura y la oratoria. Pienso, hoy, en la segunda, porque no ocupa en nuestro medio el lugar que solía, por ejempo en la Grecia clásica. Ese arte de hilvanar las palabras. De tejerlas y darles una forma con la voz; con los gestos; con la mirada. Ese momento cuando en un solo arte confluyen los otros.
Me llueven conversaciones y discursos de personajes novelescos bien logrados. Pienso en Godard, en Vivre sa vie. La escena cuando Anna Karina se acerca a un Brice Parain solitario y empieza el arte; el momento mágico en que pensamiento y lenguaje se funden en uno solo, como cuerpo y alma, como las dos caras de una misma moneda.
Cuando Marco Antonio, guiado por Shakespeare, deslumbra con una pieza de oratoria inolvidable, quizá una de las mejores de la literatura occidental:
“And Brutus is an honourable man”… La conducción y la sutil ejecución de los recursos de persuasión no deja costura expuesta; Se trata, sin duda, de un valioso registro del arte oral.
En aquellos años se inauguraba el primer concurso de oratoria de la universidad. Un auditorio con cien personas nos iluminaba con luz blanca de hospital. Había memorizado mi discurso, no recuerdo el tema, pero trataba en general sobre filosofía y política. Éramos varios participantes, quizá más de diez. Cuatro o cinco participantes me antecedieron. Me presenté, dije la primera línea, me quedé en blanco y salí corriendo. Al día siguiente caminaba derrotada por los pasillos. ¿Qué pasó? Hasta el día de hoy esa respuesta continua en construcción. Digamos que la oratoria si bien se relaciona con la memoria, no se trata de memorizar y repetir. Es, en todo caso, hilvanar las palabras. Suena sencillo, pero implica dos fases. La primera: la selección de ideas, elaboración del argumento y sus ejemplos concretos. La segunda: el tono, el modo, el dominio escénico, la dicción, entre otras.
Al año siguiente abrieron de nuevo el concurso. Por supuesto, no me interesaba en absoluto. Era un arte que daba por muerto. Mis amigos me instaron a que participara. Les dije que no era lo mío. Pero una amiga terminó por convencerme y me inscribí de nuevo. Me vestí de azul y negro riguroso, unos zapatos altos y cerrados, una moña austera y ligero maquillaje. Respiré hondo, entré a escena y conseguí expresar lo que debía. Solo el hecho de haber completado el discurso me proporcionaba, claro está, satisfacción y con eso me bastaba. Casi me dio un infarto cuando empezaron a nombrar a los ganadores, fue mi primer trofeo; había obtenido el segundo lugar. Eso me motivó a comprarme un libro que contaba las historias de los oradores clásicos: Gorgias, Demóstenes, Cicerón, Quintiliano. El que me atrapó por completo fue Demóstenes, no tanto porque era tartamudo, sino por su empeño: un hombre que se metía piedras en la boca y practicaba una y otra vez hasta lograr la fluidez de la palabra. La práctica, me dije.
El siguiente año realizaron de nuevo el concurso. Y ahora sí, ganaba el primer lugar. Sí lo podía creer, pues había dedicado los últimos meses a fijarme en el particular modo que tenían las personas de hablar. Me parecía que algunos por pereza no pronunciaban bien las letras, otros no articulaban, otros no abrían la boca del todo y no se les entendía nada. Otros gritaban o susurraban, daba lo mismo. Y en mi cuarto los imitaba. En realidad imitarlos era mi manera de practicar. Eso me sirvió para definir y desarrollar un estilo personal. Seleccionaba, combinaba y creaba de acuerdo a mí interés o a mi gusto lo que me parecía apropiado y así empezaba a construirme. Me parece, también, que el proceso de escritura, es decir, de identidad literaria propia (aún y cuando semejante idea sea debatible) no difiere del anterior. La identidad literaria se construye. Igual que el estilo de una oratoria. Ambos se ejecutan, se complementan, se retroalimentan. Cuando me vi, ya llevaba algunos trofeos inter-universitarios y me encontraba representando a mí país en Santiago de Chile, en un torneo hispanoamericano. Años dorados cuando Milagros Zelaya y yo, logramos obtener como equipo un tercer lugar para Nicaragua. De ahí que fundáramos la Sociedad de Debate y Oratoria de la Universidad Americana, que desde ese entonces realiza dos torneos al año para promover el ejercicio del pensamiento y el habla entre adolescentes y jóvenes. Esa fue parte de nuestra contribución, nuestra huella, nuestra marca para una Nicaragua mejor. 
El relojero fue puntual y una vez más esa memoria quedaba empolvada hasta hace algunos meses que me llegó la invitación al primer Tedex-Managua. Un proyecto que reúne a oradores y pensadores sobre diversos temas. Tuve la dicha de aprender un nuevo formato, de compartir con ellos y apreciar la diversidad de estilos. Fui testigo de la integración de imágenes y música, incluso performance, en cada pieza de oratoria. Me pareció una gran idea porque rescata ese acto que nos define como seres humanos. No en balde algunos poetas exterioristas de nuestra aldea declaran que “escriben como hablan”.
Pensé, y seguramente ya lo escribió Wittgenstein: ¿Qué somos sino lenguaje?

Septiembre 12, 2012

About Me

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"You made me confess the fears that I have. But I will tell you also what I do not fear. I do not fear to be alone or to be spurned for another or to leave whatever I have to leave. And I am not afraid to make a mistake, even a great mistake, a lifelong mistake and perhaps as long as eternity too"...