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La bendición de Polímnia


Para el Doctor Alejandro Serrano Caldera, campeón panamericano de oratoria y debate



 (una pequeña memoria)

Eunice Shade

Dos pasiones me acompañarán siempre: la escritura y la oratoria. Pienso, hoy, en la segunda, porque no ocupa en nuestro medio el lugar que solía, por ejempo en la Grecia clásica. Ese arte de hilvanar las palabras. De tejerlas y darles una forma con la voz; con los gestos; con la mirada. Ese momento cuando en un solo arte confluyen los otros.
Me llueven conversaciones y discursos de personajes novelescos bien logrados. Pienso en Godard, en Vivre sa vie. La escena cuando Anna Karina se acerca a un Brice Parain solitario y empieza el arte; el momento mágico en que pensamiento y lenguaje se funden en uno solo, como cuerpo y alma, como las dos caras de una misma moneda.
Cuando Marco Antonio, guiado por Shakespeare, deslumbra con una pieza de oratoria inolvidable, quizá una de las mejores de la literatura occidental:
“And Brutus is an honourable man”… La conducción y la sutil ejecución de los recursos de persuasión no deja costura expuesta; Se trata, sin duda, de un valioso registro del arte oral.
En aquellos años se inauguraba el primer concurso de oratoria de la universidad. Un auditorio con cien personas nos iluminaba con luz blanca de hospital. Había memorizado mi discurso, no recuerdo el tema, pero trataba en general sobre filosofía y política. Éramos varios participantes, quizá más de diez. Cuatro o cinco participantes me antecedieron. Me presenté, dije la primera línea, me quedé en blanco y salí corriendo. Al día siguiente caminaba derrotada por los pasillos. ¿Qué pasó? Hasta el día de hoy esa respuesta continua en construcción. Digamos que la oratoria si bien se relaciona con la memoria, no se trata de memorizar y repetir. Es, en todo caso, hilvanar las palabras. Suena sencillo, pero implica dos fases. La primera: la selección de ideas, elaboración del argumento y sus ejemplos concretos. La segunda: el tono, el modo, el dominio escénico, la dicción, entre otras.
Al año siguiente abrieron de nuevo el concurso. Por supuesto, no me interesaba en absoluto. Era un arte que daba por muerto. Mis amigos me instaron a que participara. Les dije que no era lo mío. Pero una amiga terminó por convencerme y me inscribí de nuevo. Me vestí de azul y negro riguroso, unos zapatos altos y cerrados, una moña austera y ligero maquillaje. Respiré hondo, entré a escena y conseguí expresar lo que debía. Solo el hecho de haber completado el discurso me proporcionaba, claro está, satisfacción y con eso me bastaba. Casi me dio un infarto cuando empezaron a nombrar a los ganadores, fue mi primer trofeo; había obtenido el segundo lugar. Eso me motivó a comprarme un libro que contaba las historias de los oradores clásicos: Gorgias, Demóstenes, Cicerón, Quintiliano. El que me atrapó por completo fue Demóstenes, no tanto porque era tartamudo, sino por su empeño: un hombre que se metía piedras en la boca y practicaba una y otra vez hasta lograr la fluidez de la palabra. La práctica, me dije.
El siguiente año realizaron de nuevo el concurso. Y ahora sí, ganaba el primer lugar. Sí lo podía creer, pues había dedicado los últimos meses a fijarme en el particular modo que tenían las personas de hablar. Me parecía que algunos por pereza no pronunciaban bien las letras, otros no articulaban, otros no abrían la boca del todo y no se les entendía nada. Otros gritaban o susurraban, daba lo mismo. Y en mi cuarto los imitaba. En realidad imitarlos era mi manera de practicar. Eso me sirvió para definir y desarrollar un estilo personal. Seleccionaba, combinaba y creaba de acuerdo a mí interés o a mi gusto lo que me parecía apropiado y así empezaba a construirme. Me parece, también, que el proceso de escritura, es decir, de identidad literaria propia (aún y cuando semejante idea sea debatible) no difiere del anterior. La identidad literaria se construye. Igual que el estilo de una oratoria. Ambos se ejecutan, se complementan, se retroalimentan. Cuando me vi, ya llevaba algunos trofeos inter-universitarios y me encontraba representando a mí país en Santiago de Chile, en un torneo hispanoamericano. Años dorados cuando Milagros Zelaya y yo, logramos obtener como equipo un tercer lugar para Nicaragua. De ahí que fundáramos la Sociedad de Debate y Oratoria de la Universidad Americana, que desde ese entonces realiza dos torneos al año para promover el ejercicio del pensamiento y el habla entre adolescentes y jóvenes. Esa fue parte de nuestra contribución, nuestra huella, nuestra marca para una Nicaragua mejor. 
El relojero fue puntual y una vez más esa memoria quedaba empolvada hasta hace algunos meses que me llegó la invitación al primer Tedex-Managua. Un proyecto que reúne a oradores y pensadores sobre diversos temas. Tuve la dicha de aprender un nuevo formato, de compartir con ellos y apreciar la diversidad de estilos. Fui testigo de la integración de imágenes y música, incluso performance, en cada pieza de oratoria. Me pareció una gran idea porque rescata ese acto que nos define como seres humanos. No en balde algunos poetas exterioristas de nuestra aldea declaran que “escriben como hablan”.
Pensé, y seguramente ya lo escribió Wittgenstein: ¿Qué somos sino lenguaje?

Septiembre 12, 2012

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