Friday, October 25, 2013

Machistillas




Por Eunice Shade

A los hombres (salvo excepciones) no podés darles confianza porque abusan y se sienten con el poder de indicarte cómo son las cosas únicamente porque sos mujer, y si escribís, peor. De manera que expresan ese terror o complejo de inferioridad restándole valor a las obras escritas por mujeres.
En mi reciente libro, Espesura del deseo (2012), anoté en breve dicha preocupación poniendo de ejemplo una novela como Aura, de Carlos Fuentes: ¿se valoraría igual esta novelita si hubiese sido escrita por una mujer? Y en esa línea quiero abrir esta columna en Casi literal, retomando esa inquietud, porque la considero de interés para este medio.
Es un fastidio escuchar a los hombres decir cómo debe escribir una mujer o todavía más indignante: definiendo e interpretando los actos de escritura femenina sin siquiera tener idea de lo que están hablando, porque resulta que las mujeres desde el siglo pasado y aún en este ya asisten, las que así lo pueden, a la Universidad; y aunque no, las mujeres leemos y pensamos.
En otras palabras y asumiendo una posición: a mí, personalmente a mí, ningún hombre me va decir qué es esto o qué es aquello; mucho menos si no se lo he preguntado. Y digo esto porque hay sus atrevidos por ignorantes. Pero ya les conocemos el juego:
1) Los sexuados: “Hola soy hombre y escribo. Vos sos mujer y escritora. Si querés que hable bien de tu libro, tengamos sexo”.
2) Los asexuados: “Hola, soy escritor y para que hable bien de tu trabajo, primero tenés que entender que yo soy superior y mejor que vos y estaría muy bien si te inclinaras ante mí”.
Hasta ahí llegan las ansias desesperadas de poder y querer controlarlo todo. Someter a la pluma femenina a cambio de favores sexuales o de servidumbre dada al elogio. El compadrazgo es una realidad y si lo niegan es por cobardía. Yo misma fui testigo de cómo cierta vez un machistilla escribió una barrabasada, una gran estupidez sobre las temáticas de los poetas malditos, y su compadre, otro machistilla, salió en su defensa aludiendo algo así:
“No, es que él es diferente. Él está en un periodo de transición y debemos comprender que sus palabras obedecen a… hay que perdonárselo”.
Todas esas estrategias de sometimiento son harto conocidas. Una pena, claro está, y pobres de aquellas que se dejen. Luego, uno se pregunta por estas mujeres que se prestan a ese juego, y que por la misma competencia entre nosotras, traicionan a su género y se tienden de tapete a cualquier pelagato que cita a Steiner o a Bloom, como si una cita fuera el fin del mundo. ¡Cómo si leer fuese un acto sobrenatural cuando es el pan de cada día en la vida de cualquier escritor! O como si el fragmento escogido de un ensayo pudiera sustituir la comprensión a cabalidad de una obra y un tiempo. Esas mujeres existen y usualmente se expresan así:
“Mi muchachito me respeta a mí porque soy su madre, pero a la fulana no, porque me cae mal… porque tampoco la puedo manipular como manipulo la mente de mi hijo”.
También se da en las mujeres de edad avanzada. Tuve la experiencia de conocer a una septuagenaria, mecenas y promotora cultural, de más ínfulas que otra cosa. Jamás la busqué, jamás le pedí nada. Ella empezó a llamarme todos los días, a invitarme a lugares lujosos y a obsequiarme prendas caras. Al inicio yo no quería aceptar, pues me parecía sospechoso y exagerado. Después medité y le otorgué el beneficio de la duda. Se empeñó en regalarme ropa que ya no le quedaba y en llevarme de arriba-abajo a cafés gourmets y restaurantes cordon bleu. Ya no digamos los vinos y el champagne a temperatura perfecta en copas de Basilea. ¿Para qué? Para que el día de mi despedida, antes de venirme a estudiar a Estados Unidos, rodeada de familiares y amigos, me dijera que yo “no valía sino por un hombre”. Para coronar con la cereza en el pastel, me derramó un vaso de cerveza en la cabeza, en mi casa. ¿Por qué les cuento todo esto? En primera, porque escribo no solo con mis conocimientos, sino también desde y con mi experiencia; y en segunda, para que vean cómo el machismo arraigado y recalcitrante proviene a veces de las mismas mujeres. Por supuesto, lo que esta “elegante” señora me dijo fue una ofensa infundada proveniente de sus frustraciones más oscuras.
Otra de mis grandes decepciones fueron dos supuestos profesores nicaragüenses doctorados en literatura (constaten que los títulos no son sinónimos de educación o inteligencia). Y digo decepción, porque les tenía admiración, hasta que se revelaron y mostraron su verdadero ser. El primero se molestó porque le recordé amablemente de una opinión que le había solicitado para un texto que estaba escribiendo, y realmente estaba muy interesada en su criterio, pero quién sabe qué mosca le habría picado que me respondió neurótico y decidió “acusarme” con mi esposo. El susto se lo llevó cuando le reclamé por qué le daba cuentas a mi marido, si el asunto era conmigo; qué le hacía pensar que mi marido me regañaría o castigaría como si fuera mi padre. Este profesor me ofendió profundamente, y obvio, mi marido, que hasta ahora no me ha faltado, hizo lo correcto; les queda a ustedes adivinar qué sería lo correcto en este caso, para mí está contenido en este hermoso poema sobre el matrimonio de Khalil Gibrán, les comparto mi subrayado:
“Llenaos uno al otro vuestras copas,
pero no bebáis de una misma copa.
Compartid vuestro pan, pero no comáis del mismo trozo.
Cantad y bailad juntos y estad felices,
pero que cada uno de vosotros sea independiente.
Las cuerdas de un laúd están solas, aunque palpiten
con la misma música (…)
Porque los pilares del templo están separados.
Y, ni el roble crece bajo la sombra del ciprés
ni el ciprés bajo la del roble”.
El segundo profesor fue más deprimente pero menos neurótico; es un misógino profesional y militante. Resulta que le pedí apoyo con una entrevista para una investigación sobre el cuento nicaragüense que estaba haciendo en ese momento… y bueno, resumásmoslo de esta manera: “Las mujeres no saben nada, solo los hombres”. Una pena, una vergüenza, porque además son maestros. ¡Sepa Dios las ideas machistas y misóginas que transmiten y perpetúan a través de sus alumnos! Por eso no debemos confiar en todo lo que nos dicen los maestros, y lo digo yo, que también soy profesora; lo ideal es incitar a los estudiantes a no ser conformistas. Hay que motivarlos a que sean críticos y busquen más allá del aula de clases porque errare humanum est.
Por otro lado, están los machistillas de mi generación, cuando la edad no es una jerarquía, dichos “ilustres” se han agenciado y auto-nombrado paladines culturales, sin serlo y únicamente guiados por la ambición de adquirir fama, despotrican incongruencias e intentan intimidar a las escritoras con comentarios descalificadores y a veces tan cobardes que lo hacen a través de seudónimos. ¿Por qué? Porque no comprenden ni aceptan que a una mujer le vaya mejor que a ellos en términos profesionales. Por más que inventen y afirmen que no es esa la razón, no es verdad: y así se autoengañan para no reconocer el celo profesional que les hierve en la sangre.
De esa manera aparecen las antologías donde solo plumas machas figuran bajo el sofisma “es que las mujeres son inferiores, escribir es de hombres, las mujeres no escriben porque son inferiores”; falacia y además una vergüenza para ellos y sus defensoras. ¡Tanto es el miedo!
Esa misma falacia se nos presenta cuando, una vez aceptado que las mujeres escriben, intentan encasillarlas. Ya lo mencionaba al principio con el ejemplo deAura. Si una mujer escribe de ocultismo es “supersticiosa” y “loca”. Si lo hace un hombre, es “erudito” y “metafísico”. Si una mujer escribe firme y con voz de mando, está “enojada”, si es un hombre, “tiene carácter”. Si una mujer expresa sus sentimientos es “sentimental”, si lo hace un hombre, es “sublime”. Esos son algunos de los estereotipos machistas que promueven. Ya me lo preguntaba un día de estos un amigo que asistió a mi taller de literatura en Managua: “¿Existe la literatura femenina?”
Sé que otras escritoras han respondido de diversas maneras a esta pregunta. Por mi parte pienso que existe una sola literatura y esta será arte independientemente si la escriben hombres o mujeres, ende, estoy en contra de los roles asignados, me parecen patriarcales, injustos para nosotras y además falsos. Es como si no concibieran que una mujer fuese más inteligente, talentosa y exitosa que un hombre, no les cabe en la cabeza porque la tienen pequeña.
Es el caso de una famosa escritora, ya mayor, en Nicaragua (y de muchas otras); la mujer ha sido un éxito, y los hombres, principalmente los escritores, no se lo perdonan y se dedican a minimizar y ningunear su trabajo, utilizando argumentos trasnochados como “no escribe como Dante”, como si ser escritor y escribir en esta época fuese igual que en 1315; como si fuese un pecado que la mujer fuese mejor que ellos o que haya logrado lo que ni en sueños ellos hubieran hecho. Tristemente es así. Es la voz del resentimiento la que los tiene sometidos, a ellos, precisamente. Son las ilusiones truncadas de un machistilla capa caída, inseguro, que no pudo con el paquete y se dio por vencido, porque buscaba en la escritura cualquier cosa, menos la recompensa y la satisfacción que produce el saber que has escrito un buen texto; porque estaba más pendiente de la paja ajena que de la suya propia.
Para algunos hombres es difícil lidiar con esas emociones negativas de saberse, digámoslo con todas sus letras, opacados por una mujer. Eso los desenfoca, los desestabiliza, y ante ese sentimiento ridículo de derrota culpan a los otros y otras de su propia suerte, o peor aún, intentan atribuir los éxitos ajenos a qué se yo sarta de locuras.
Seamos serios: no existe la suerte, y a estas alturas lo sabemos (casi) todos.

Nota: *El presente texto fue publicado en y tomado de (Casi) Literal 

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"You made me confess the fears that I have. But I will tell you also what I do not fear. I do not fear to be alone or to be spurned for another or to leave whatever I have to leave. And I am not afraid to make a mistake, even a great mistake, a lifelong mistake and perhaps as long as eternity too"...