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Las Preguntas.




Eunice Shade
O sea, que todo este tiempo, muchos de ustedes estuvieron escribiendo de manera inconsciente. Es decir, sin tener presente a dos grandes madres: la Historia y la Filosofía. La primera, porque registra y da cuenta de una gran tradición literaria: piensen no solo en español, sino en lo escrito en otras lenguas, y a lo que probablemente nunca tendremos acceso como lectores y lectoras: Ars longa vita brevis. Y la segunda, porque plantea las preguntas fundamentales que el ser humano no ha logrado responder con certeza, sino con especulación.
O bien dicho: con literatura.
¿Qué es La Biblia sino el cuento sagrado y hegemónico de estos lares? Cuentos antiquísimos que graban dos cosas: nuestro paso por la tierra, nuestras reacciones y soluciones ante esa larga caminata; pero también el infinito don de la imaginación humana. La imaginación, será en mi opinión, el don primero del creador y la creadora.
La Biblia, que fue la fuente por excelencia de Carlos Martínez Rivas y de otros anteriores a él. Preguntad a los venerables maestros ancianos de Nicaragua, y ellos podrán daros el Vellocino de Oro que tanto buscáis. Se necesitaba pues escucharlos atentamente, pero como muchos adolescentes, todavía que sois, seguís preocupados por fabricar pretextos para ser odiados, porque todavía tenéis miedo del creador, aún dormido, que lleváis dentro. No confían en sus propias letras, por tal razón buscan y encuentran un pleito innecesario para llamar la atención negativamente ante esa sed de conocimiento que no logran identificar. Para justificar ese miedo, verse al espejo y repetirse a diario: “Me odia, odia mis letras porque lo insulté”. Cuando en realidad, quien se odia es usted mismo. Habla la experiencia.
El segundo don del creador será la humildad de reconocer que como seres humanos no tenemos la respuesta segura ante esa incertidumbre (de estar en este mundo) que gobierna al ser. Podemos, sí, inventarlas. (las respuestas). Crearlas. Pero “crear” es un verbo de múltiples connotaciones… ¿si todo estaba dicho, qué crearíamos? La luz al final del túnel es la lectura. Lo habéis sabido todo el tiempo: el gran o la gran escritora será el lector o lectora por antonomasia. Cada uno, según su originalidad, escogerá sus fuentes. Cada uno creará su mapa de lecturas, y será del mismo un detective literario.
Recordad aquel viejo debate de los artistas (tradicionales y contemporáneos). Recordad el concepto de representación. Recordad a los que advierten: primero domina las técnicas y una vez dominadas crea siguiendo a tu Dios interior. Recordad también a los que contradicen: no domines las técnicas y deja caer en el lienzo los óleos a como salgan. Usted decide a su suerte. Usted puede también combinar.
Pienso que se necesitaría ser muy iluso (o muy soberbio) y muy sordo para no escuchar a Quevedo y a Borges, por ejemplo. En el caso del primero, leedlo a él y usad una candela romana que os alumbre. Del segundo habría que leerlo a profundidad. Usad a Monegal y a Bloom como faros, si sentís que aún no estáis preparados para que sus cuentos se abran, frente sus atónitos ojos, como cajas de luces que revelan los verdaderos secretos del arte de escribir. Los heredados y los propios; los que aprendemos y los que descubrimos en nuestro camino como escritores (as).
Recordad uno de mis versos preferidos de Char: L’acte est vierge même répété. Viajad en el tiempo y bañaos en el río esperanzador de Heráclito. Aunque toda esperanza sea a veces vana. El que pueda también despacharse La Arqueología del saber de Foucault conocerá el Olimpo y a sus Dioses.
Qué los próximos y eternos 365 días del año, con sus noches, os sean propicios. A bien tôt, petirrojos.

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