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Vuelta a mi balcón








Angelus Novus, Paul Klee



Dedicado a los viejos amigos que ya no están

Eunice Shade

En el otoño escucho el pulsar de mi aorta. Veo ese hálito de luz que es la vida. Pienso en cuando me miraban y pensaban en voz alta como los abuelos: “vos no sabés aún”; y era verdad: no sabía y esa parte velada de mí era feliz y contradictoriamente pura. Sabía sí, que tenía miedo a formar una familia porque mis abuelos habían muerto prematuramente en trágicos accidentes. Crecí pensando, y todavía lo siento así: que mis bisabuelos de ochenta años eran mis padres. La primera imagen que tuve de mí fue ser una viejita, entonces las arrugas, las manchas, los lunares, la caída del pelo, la resequedad, las fuerzas menguantes se me hacían hermosas porque esa era, esa es la primera imagen del amor que tuve. Papa Euclides murió cuando tenía tres años y nos quedamos la viejita y yo rezando todas las noches, escuchando ese tono de voz de la Fe que se quiebra ante el poder de Dios contra el que nada podemos. Como un viento transparente mi espíritu se llenaba de esa voz, del tono de entrega como si Dios me mostrara mi vida por el final. Así lo he sentido hasta hoy. Luego empiezas a caminar, a husmear los rincones de la casa, a pensar en el hecho de que tienes otros padres, más jóvenes, pero no vives con ellos. Miras las familias de tus amigos en el colegio y aprendes lo que es una diferencia. En un mundo que proclama la igualdad te sientes diferente. Te sientes viejita sin ser viejita, caminas a ese ritmo suave y cuando juegas con tus amigas corres al extremo de la velocidad sin saber que tu pulsación de vida se acelera, luego vuelves a casa y tu pulsación de vida es un remanso, como un lago tranquilo que espera paciente el día que habrá de marcharse. Creces escuchando: “algún día ella va a morir y no se sabe qué va a ser de vos”, sos una niña y creces al borde de un precipicio, sin caer en el precipicio, porque sabes que si mamita muere todo habrá muerto para vos. Y mamita es muy vieja y encorvada y su pelo es escaso, finamente blanco y hay que ayudarle a caminar. Mamita es débil físicamente pero muy fuerte de espíritu y de mente lúcida. Te recuerdas arrugar la cara, ver al cielo sintiéndote a merced de una fuerza que desconoces y pedirle: “Haz que ella no muera hasta que aprenda a valerme por mi misma”, quizá ella lo habrá pedido también. Entre ella y yo lo pedimos a Dios, y Dios cumplió. No tenía diez y ya me preocupaba de la muerte. ¿Habrá un instinto de muerte a como hay un instinto de vida? Algo hay en la mirada de las personas que viven al borde de la muerte o con el plazo de la muerte misma en el cuerpo, es como una sombra que los recubre, unas ojeras que hablan de más. Sabes que quien tiene certeza de muerte camina diferente por la vida. Crecí en el umbral de la muerte, ¿es posible crecer en el umbral de la muerte sin morir? ¿Acaso seré un ángel que anuncia la muerte? Si Dios me enviara una sentencia de muerte, nada cambiaría para mí, quizá mi semblante se recubriría de una tristeza inconsolable, guardaría silencio, seguiría levantándome por las mañanas, bebiendo café y estudiando. Quizá habría días en que no pensaría en morir. No aceleraría nada, sólo dejaría al tiempo pasar. En las noches se me haría un nudo en la garganta por no poder tener mi propia familia, mis propios pollos a quien echar las caras migas del fruto de mi trabajo. Habría días de rayos y tormentas en mi mente, días en que buscaría la espesa sombra de un árbol frondoso y sola, entre el día y yo, entre la noche y yo me llovería toda sobre la tierra, como una planta solitaria. No necesitaría más testigo que mis lágrimas y yo, como si mis lágrimas tuviesen vida propia, como si ellas escondieran el lenguaje de un océano. Al día siguiente pronuncias ‘papá y mamá’ y ambas palabras no significan nada para vos porque papá y mamá para vos se dice “Papito Euclides y Mita”, y ese es ya otro universo. Se parece pero no es igual. Me pregunto cómo se verá una pareja de ancianos de ochenta años con una hija de 1 año. ¿Cómo nos miraba la gente? ¿Qué habrán pensado de nosotros? Para mí fueron los días más felices de mi vida. Cuando la sensibilidad de los ancianos es quien te cría, su fuerza radica no en el cuerpo, sino en la sabiduría con que se mueven y las precauciones que toman al acostarse, al levantarse, antes de comer. Seguro cuando me bañaban y me ponían en la cama a secarme con la toalla, pensarían lo mismo que pensé yo cuando bané a mi sobrina: ¡Que niña más bella. Es un privilegio tenerla en la casa! ¡Qué gran distancia de tiempo entre mis papitos y yo! Abría los ojos en las mañanitas y lo primero que veía era a ellos dos alistándose para empezar la semana. Era ínfimamente chiquitísima.
Los niños tienen esa mirada de eclipse. Pienso que la mirada crece y se va develando hasta que el eclipse de sol es total y te descubres por completo. Al principio duele un poco porque sabes lo que vale el no-ver. Pero al ver en medio de mi dolor también extiendo mis brazos, me abro al Altísimo y una capa de rocío que emana de mí me protege, me fundo en mis propias gotas, en mi propio aire y otra vez un cintillo de vientos alisios se posa en mis ojos como antifaz y no veo y sonrío. ¡Qué hermoso es cerrar los ojos en la belleza desaliñada de la infancia! Cuando la única preocupación es espulgar la comida y no comerse los vegetales. Esta vez, esta tarde de noviembre me invito a no-ver. Porque cuando no-veo, veo también a Dios. La infancia es una marca en nuestro ser. Es la patria añorada de los raros ángeles de Rafael Alberti. De la ruta sagrada de esos años nos sacan de la pecera y nos libertan a las aguas salvajes de la vida, y ya de treintona te empezás a preguntar: ¿Cómo te miraban tus amigos en esa época? Tengo la sensación que ellos sabían algo que yo no. A veces lo mejor de uno es un secreto que guardamos para los humildes, para aquellos que logran no-ver o ver el arte de la bendición de no-ver. El lenguaje de la luz y la oscuridad es como revelar una fotografía en blanco y negro. Como hablar del día en que conocimos por primera vez el mal. Ese momento en que se nos parte el alma y nos sentimos extranjeros en este mundo. Ese momento en que una mano negra nos estrangula y el mundo adquiere un desbalance inusitado, una nube de polvo negra que entra por tu nariz y te raspa mientras respiras hacia adentro. Con tus remos navegas en las horas hacia una idea de futuro que desconoces. Mis amigos ríen y juegan. Te has marchado de casa y siempre encuentras algo con lo que nunca logras hacer click, pero no sabes por qué. Es una estrella pequeña de luz permanente, pero al entrar por la rendija que abrió con sus puntas sabes que lo que viene dolerá mucho y no existe otra forma de entrar. La interioridad es un camino. Es una cámara de luces de variados tonos. Es un techo de lámparas encendidas.
Te percatas que has pasado más diez años viviendo como una huérfana, pero no sos huérfana. Poco dices de vos, más que un par de poemas, algunos cuentos, una que otra novela. No te hallas completa en ningún lugar, excepto en esa memoria en que tu horizonte eran dos ancianos que ya partieron. Solo en ese instante la plenitud toma forma y me inunda como el reventar de las olas de San Juan del Sur. Vislumbras los 40, te has cansado un poco de las rebeldías y el nadar contra corriente te aburre, no hay nada ahí para vos. Suena la campana y alguien ha abierto el candado de la celda como en la pantera de Rilke, suena la campana y tu ser se paraliza, se detiene, se retrotrae, porque Dios te ha pronunciado en voz alta sus primeras palabras. Se ha dirigido a vos por primera vez. Sabes que ha llegado la hora, que es tiempo de volver. Emprendes, no sin temor, la ruta a casa. Encuentras las ausencias que nunca se copan. Los tíos han envejecido. La tía no puede caminar, mamá ha engordado, papá ha encanecido, los abuelos siguen enamorados y hacen yoga, la otra tía sigue tocando el piano y regando las plantas del jardín. Eljumping que tanto ladraba ha muerto. Los conejos sal y pimienta también. Hay una nueva perrita llamada schatzi. Mamá por su lado vive con 10 perros, un gato, una lora, dos chocoyos y un par de pericos australianos a los que mis hermanas han puesto nombres extraños. Ves a tu alrededor y tienes muchas hermanas menores, son unas esponjas de pelo chiquitas y no sabes si te van a morder, piensas, en tu nebulosa, mientras caminas por las casas de la infancia, que antes te parecían inmensas y ahora lucen tan pequeñas, tan ínfimas, como si hubieras crecido, como si tu cuerpo y espíritu ocuparan más espacio que antes y por eso ves tus viejos escondites en miniatura. El tío te regaña antes de perdonarte. La abuela te reclama antes de perdonarte. Su voz ronca no ha cambiado mucho desde la última vez que me fui. Hoy que regreso todo luce un misterio. Me siento en la vieja cama de papá que ya no es de papá sino de los huéspedes, me siento a ver las antiguas fotos de familia. Me voy sintiendo yo. Me toco la cabeza, me toco las manos y me cuesta reconocerme. Como si mi identidad (mi id y mi ente) hubiese sido un misterio y 35 años después me veo desnuda en casa, y veo mi espacio, mi lugar en el comedor, mi lugar en la foto de familia. Como si me hubiesen estado esperando, ahora más vieja, con una bolsa llena de mundo, como si del mundo hubiera colectado aventuras, experiencias, momentos que ahora llevo a casa para compartirlos, como si ese mundo se transformara en sabiduría, y me quitara un poco la rudeza, la severidad de quien nunca ha sentido a su corazón palpitar en la selva. Pienso que es difícil ser como los abuelos. Siento que me ha llegado una hora, la de la responsabilidad, la del compromiso. Veo mi espacio en la banca de la Iglesia, veo a mi hermano feliz con su hija. Veo los caminos secretos que los bisabuelos dejaron marcados, los puentes que tejían para unir a la gran familia, a los primos, a los tíos, veo el trabajo que cuesta esa unión. Veo mi más preciado recinto, mi capilla en las alturas: el balcón de mi cuarto en el segundo piso, en la esquina de un humilde vecindario de Managua; y la niña de 12 años que soy sale a saludarme, a recibirme, me invita a subir y bajar las escaleras, me dice no camines, resbálate por el barandal, como solía hacer para divertirme en aquellos días. Esa niña me da la mano, me salva y me recuerda: érase una vez una niña que leía cuentos de hadas y soñaba y corría por la casa… Cuando la vi, la reconocí con su vestido celeste, sus calcetines de vuelito y encaje y sus zapatitos de charol blanco, su pelito con pava y cortado a la altura del cuello. Estaba intacta tal cual la dejé en aquel balcón en el que le hice una promesa, promesa que hasta ahora le he cumplido. La abracé fuerte y se fundió conmigo.  Me dijo que confiara en ella, que la siguiera. Me costó un poco al inicio, pero la seguí, y me trajo hasta este momento en que escribo siendo ella y yo al mismo tiempo. Pienso en la fortaleza espiritual de los niños. Contemplo la espiral de la vida y enciendo una velita al angelus.

Noviembre 25, 2016. 

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