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Las transparentes puertas de Atlanta, Georgia y el Tenebrae






Eunice Shade 

Hace cinco años, después de una larga ausencia, regresé a Estados Unidos. Tenía treinta dos años. Vine con el deseo de crecer y ser una mejor persona. Es decir, desarrollar los valores que mi humilde familia inculcó en mí con tanto amor. El Señor tiene caminos y formas misteriosas. Hace cuatro años fui a confesarme, después de una larga ausencia, y el Padre me recomendó leer la Biblia. Empecé el camino sinfín e infinito que implica una conversión. Un doloroso camino que no se compara con el calvario original, que en todo caso, el calvario consuela, es paño de lágrimas, sudario. Hace tres años fui a una catedral hermosa, se llama San Pablo. Y recordé la canción que de niños nos enseñaran según las palabras del apóstol sobre el amor. Hace dos años di un humilde salto místico de la mano de una monja llamada Piedad. Hace un año recibía la palabra de un sacerdote, quien me enseñaba que un sacramento es un encuentro íntimo y profundo con Jesús. Hoy recibí el evangelio de un franciscano en esa hermosa catedral de San Pablo para agradecer al Señor por las bendiciones que a diario me concede, pese a la sombra de mis pecados. Un trece de marzo habré nacido por segunda vez. No se debe confundir el llamado con el nacimiento. No todos reconocen el llamado. El llamado te prepara para el nacimiento. Hoy caen copos de nieve en la ciudad empujados por un viento frío. Estamos a un grado Celsius. La niebla gris de la sequedad gélida nos envuelve y contemplo la pureza del Señor. Los rayos de un sol que sé habrá de salir mañana, límpido o rodeado nubes, puntual, sin miedo a la ciudad que alumbra. Hoy recuerdo un momento especial en la primera cuaresma en esa hermosa catedral: El tenebrae. Un día antes de la resurrección se nos pide llevar una vela a la Iglesia. San Pablo apaga sus luces, y la sensación de abandono es profunda, en esa densa oscuridad un Sacerdote prende un velita, y el primer feligrés alumbrado pasa la llama al otro y así, hasta que la Iglesia se ve iluminada, completa en fuego real. Es una multiplicación de luces. Al salir, la reflexión es sobre ese momento en que sentimos el abandono, ese momento en que debemos esperar y cultivar la fe, cultivarla en mansedumbre, son momentos de prueba, cuando más cerca El Señor está de nosotros aunque no lo veamos, aunque no lo sintamos, porque aún en la oscuridad que no nos permite ver, aún hasta esos recovecos llega la mano del Señor. Invisible a nuestros ojos y certero. Hace cinco años mi vida dio vuelco inesperado y mi despertar fue sorpresivo, duro, diluvio interminable de lágrimas y dolorosos nudos en la garganta en que tuve que replantearme todo y tallar la balanza, sopesar, respirar con la mente en blanco, rodeada de seres de luz: ángeles y santos: ángeles con su llama y santos con sus acciones. Hace cinco años las cristalinas puertas de Atlanta. Hace tres años: El tenebrae, la Catedral de San Pablo, las campanas que suenan a horas divinas. El vuelo de las aves a las torres del campanario. Hace tres años el puente, los árboles y un halcón. El conservatorio de las flores como sotanas en cuaresma, moradas y rosadas.
Marzo 13, 2018



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Comments

Misionero said…
Me conmovió tu relato de vida estimada Eunice, tiene unos toques de agua viva que fluye inagotable. Gracias por compartir tu experiencia en tan linda narración. Abrazo