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Peregrinación a la Basílica del Santuario de la Inmaculada Concepción en Washington, DC.



Eunice Shade

El shabbat del 15 de septiembre de 2018 visitamos la capital de Estados Unidos de Norteamérica. Fuimos a la Universidad Católica de Estados Unidos de América. Adentro de la Universidad, en su campus se encuentra la Basílica del Santuario de la Inmaculada Concepción, el Santuario mariano primordial de la nación americana, con setenta capillas y oratorios; y que fue visitado por su Santidades, el Papa Juan Pablo II, hoy San Juan Pablo II, el Papa Benedicto XVI y el Papa Francisco.
En la Basílica, Nuestro Obispo David Zubik ofreció una misa y nos bendijo a todos. A las nueve de la mañana, se inició el rezo matutino y del rosario en el bus. Dios silencioso me cuidaba y preparaba para un gran evento: La Santa Misa. Al llegar a la entrada principal de la Basílica escuché la voz del Señor. Sentí su gracia irradiar en mi espíritu. La gracia es un don sobrenatural tal cual nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica; es un obsequio del Señor para cada uno de nosotros. Cuando un niño es bautizado, es una fiesta para el Reino de Nuestro Señor. La voz del Señor se escucha hasta los confines de la tierra y el cielo y nuestros hermanos acuden a ese llamado para honrar la voluntad del Señor. El Señor revela su misericordia, su magnanimidad y bendice el trabajo de un rebaño ancestral, un rebaño que durante siglos se ha consagrado a su obediencia. La Basílica es infinita en sus capillas, frescoes y espacios sacros para rezar, orar y meditar. En ese hermoso espacio del Señor encontré a mi patrona, Nuestra Señora de Lourdes; me presenté: Soy Eunice López, del colegio Pureza de María; fue en el año de mil novecientos noventa y cinco cuando nuestra Tota Pulcra en profundo misterio me hizo el primer llamado; y me dio dos signos de su poder milagroso, signos que me fueron revelados después de la Santa Misa del seis de septiembre de este año, por ser el inicio del año escolar. La Santa Misa fue ofrecida por el Padre Mark Thomas al colegio católico para niñas de Pittsburgh. En aquella época, Nuestra Señora de Lourdes, me guió para realizar el primer signo de su poder milagroso: reunir a dos hermanas, que no sabían que eran hermanas y así fue. Dos años después, Nuestra Señora me recuerda y me guía para realizar un segundo encuentro entre dos hermanos y su padre y así fue; porque cuando un niño es bautizado y su mamá ora mucho, el Señor le obsequia un don a cada uno. Ser instrumento de María es un regalo del Señor. Para descubrir ese regalo especial del bautizo se debe leer y reflexionar el Santo Evangelio según San Juan. Después de una gran noche oscura, veintitrés años después, acudo nuevamente a su llamado, ahora con la luz del angelus, pues en aquella época veía sin mirar y oía sin oír como dice Santa Teresa de Ávila. Hoy me preguntó y reflexiono sobre cómo un ser tan indigno como yo pudo ser bendecido por el Señor.
En la Basílica, admiré la entrega de los fieles peregrinos a la oración, a los sacerdotes y monjas que me recibieron con cariño. En la capilla mística de Nuestra Señora de Lourdes hice mis ofrecimientos, mis rezos y mis peticiones.
Caminé por la Basílica admirada; recordé mis raíces, las que conservo como un tesoro del Señor, recordé a Nicaragua, a San Pío X y su parroquia en Bello Horizonte y su lección de lo hermosa que es la virtud de la caridad con el ejemplo que me dieron; adoré a Nuestro Jesús Sacramentado, una bendición de nuestro Obispo David Zubik en la Cripta de la Iglesia. Me confesé y conversé con un teólogo. Escuché un concierto de música sacra con los músicos del Coro Diocesano de Pittsburgh y recibí la Santa Misa en la Gran Alta Iglesia. El espíritu de San Juan Bautista La Salle impregnó la Basílica, Nuestro Obispo David Zubik lo recordó en su homilía. Cuando terminó la Santa Misa, Nuestro Obispo David Zubik caminó a la entrada principal; una fila de fieles lo saludaban. Me acerqué con Nuestra Señora de Lourdes y Nuestro Obispo me bendijo a mi patrona. El rezo nocturno al regreso de la peregrinación me serenó y brindó la felicidad que sólo Nuestro Señor puede dar.

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