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Doctrina de las lágrimas de Santa Catalina de Siena


Eunice Shade


Llorar no es un acto de debilidad. Parece que llorar fuese el principio o el fin. Cuando lloramos nos sentimos conmovidos. Nuestras lágrimas nos purifican. El llorar sincero ante Dios nuestro Señor nos abre las puertas a una experiencia única. Las lágrimas no son signo ni de debilidad ni de aceptación. Dice San Pablo: Cuando soy débil, soy fuerte. Las lágrimas son prueba del dolor de Cristo en nuestra vida. Después de llorar sentimos la paz que proviene de la seguridad en ese grano de mostaza que es nuestra fe.
Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia y mística, escribió El diálogo, Oraciones y Soliloquios. En El diálogo se encuentra La doctrina de las lágrimas. La escritura de los santos se define por la presencia de Cristo en el acto de escritura. Santa Catalina es una santa singular que nos entrega una serie de proverbios para practicar nuestra santidad, uno de ellos: No se debe cargar con la cruz del diablo. Descubrir y aceptar nuestra cruz nos llena de felicidad.
José Salvador y Conde en su estudio introductorio señala que la Santa escribió su doctrina en “éxtasis”, el cual puede ser natural o arrobamiento y el sobrenatural o éxtasis”. Dios les habla, les dicta la verdad profunda.
En el éxtasis, prosigue, Fray Raimundo de Capua: “se elevaba del suelo, como si el cuerpo fuese persiguiendo al alma, y demostrando el poder del espíritu sobre la materia”. El espíritu es un dogma de nuestra fe. La doctrina de las lágrimas es un camino para fortalecer nuestra fe. Santa Catalina habla de lágrimas infinitas, son infintas porque están unidas al deseo infinito, tal cual mandata Dios para ser adorado. Dentro de esa infinidad escribe sobre cinco clases de lágrimas. Las primeras “son lágrimas de condenación”, de la falta de fe y de humildad, de aceptar el perdón de Cristo, de realmente creer en su perdón; y de sabernos indignos. Los conversos sufrimos persecución, nos persigue la envidia, por eso lo aconsejable es cortar con todo lo que nos conduzca al pecado.
Experimentar a Cristo, abrirnos a una nueva experiencia, desarrollar una relación propia con El Señor nos permitirá crecer en los valores reales de nuestra fe católica. Las segundas lágrimas son del temor a la pena, al castigo por desobedecer; la santa las llama “lágrimas de vida”. En este sentido, más miedo se le debe tener a Dios que al diablo, porque Dios lo domina; las terceras, de gusto, cuando el alma empieza a sentir por El Señor; las cuartas de caridad, aquí ya se ha aprendido a amar a Jesucristo sin buscar beneficio personal, sino por entrega completa a su plan salvífico; las terceras y cuartas, dice la Santa, son lágrimas que gustan la divina misericordia.
Las quintas son lágrimas de dulzura, derramadas con suavidad; las sextas son de fuego, en estas ya se ha alcanzado un nivel espiritual pues no se llora por los ojos, la Santa les llama “santo deseo”; en estas el alma ruega por las lágrimas, más no le son concedidas; son lágrimas misteriosas. El Espíritu Santo llora por quienes se aborrecen a sí; aborrecernos es el primer paso para llorar lágrimas de fuego. La Santa nos invita a no ser egoístas y a no pensar sólo en nosotros, pues es Cristo quien nos enaltece. Cada lágrima corresponde a un estado del alma; a mayor pureza en el llanto, más se une el fiel a Dios.
Santa Catalina de Siena nos recuerda a Santa Faustina: místicas y alumnas directas de Jesucristo. Aprender por la gracia del Señor es una bendición. Asís lo corrobora Tomás A Kempis en La imitación de Cristo: “Hay una gran diferencia entre la sabiduría de un devoto alumno de Dios y el conocimiento de un estudiante. Más noble es aprender por la gracia de Dios, que por el dolor inflingido por la industria del hombre”. Aprender por la Gracia de Dios nos llena de agradecimiento, llueven de nosotros lágrimas de dulzura. La doctrina de las lágrimas explica los estados del alma y los grados del llanto. No se deben dar por vencidos pues la santa ha escrito: “si el alma me desea, me tendrá de verdad, sin temor alguno a perder lo que tanto tiempo ha deseado”. Es cuestión de llorar con un corazón luminoso de amor al Nazareno.


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