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¿Qué es una conversión?




Eunice Shade

Cuando Jesús dice “queda limpio”(Mateo 8 1-4), queda limpio. Cuando Jesús nos convierte nos limpia, nos hace hombres nuevos. El ejemplo de las milagrosas curaciones de Jesús, son el inicio del cambio completo que su poder hace en nuestra vidas. Una conversión empieza con un llamado que el Señor hace a cada fiel. En el camino, el fiel sufre pues lo conmueve la piedad del Señor. Convertirse es renunciar a nuestras fuerzas para que sea El Señor quien nos de la suya. En una conversión no se ve como antes. En mi conversión, Jesús fue, es y será mi rayo seráfico.
La Santa Iglesia se sostiene por sacerdotes conversos, Pedro negó a Cristo tres veces. Una conversión cambia nuestra vida para siempre. La Santa Iglesia está hecha de conversos. La Santa Iglesia se renueva, se ha hecho santa por Santos que de las vidas más aborrecibles han luchado por llevar el mensaje de salvación. Una conversión real implica una nueva vida. ¿Qué es lo primero que se le recomienda a un converso? Rodearse de personas que lo ayuden a crecer en su camino de fe. Así San Juan Pablo II en Gift and Mystery escribe cómo el ejemplo de su padre fue decisivo, su padre quien enviudó a edad temprana, y a quien el santo le agradece pues lo miraba todas las noches arrodillarse en oración perpetua. La vida del converso es difícil; no sólo se convierte del pecado al firme propósito de no pecar más, sino de religiones. Así Edith Stein se convirtió de judía a nuestra fe, que para nosotros es un acontecimiento por las implicancias sabidas. Una conversión es una obra, es un camino de hechos. Ante esto, se debe reflexionar en pastoreo: ¿cómo se envageliza una conversión? La Santa Iglesia no impone, sino que del mundo y la paganía persiguen a los conversos: “Mirad que nadie os induzca a error. Muchos vendrán en mi nombre diciendo: Yo soy y extraviarán a muchos cuando oyeres hablar de guerra y rumores de guerra. No os turbeis” (San Marcos 13: 5-8). El sacerdote no se debe prestar a la corrupción, pues el fiel está destinado a seguir el plan de Cristo. Ni la risa, ni el humor, ni el placer conducen a un compromiso serio. Nada real nace de los estados de ánimo. Dice San Josemaría Escrivá de Balaguer: la soledad es pesada cruz. La práctica de la vida de oración en la ermita ilumina. En estos meses he sido una ermita secular. La ermita es un espacio de reflexión y adoración del Señor. Ser una ermita se parece a ese verso de San Juan Pablo II en su poema sobre el Cireneo: “Let me keep my self to my self”: El Santo se enfrenta ante el pensamiento poético y vence la verdad. San Francisco de Asís estuvo en el Santuario de la prisión de Monte Subasio, a donde conquistó con la gracia, su grotto en el cual rezaba, oraba, meditaba, reflexionaba y contemplaba, el lugar es llamado El agujero del Diablo. La oración de San Francisco de Asís es fuerte, la oración de San Francisco de Asís en la voz de los frailes al unísono venció a Satanás. En Pittsburgh estuve en mi grotto secular, el cual se llama El Grotto de la Porziuncola Luciferina, ni los ruidos del roaroatorium, ni el veneno del hidrógeno, ni los ingredientes, ni la perseución pudieron contra las manos poderosas de San Francisco de Asís. En la meditación y la profunda soledad de una ciudad esclavizada de la corrupción, el óraculo anunció la profecía; sangre cananea corre por las calles. La vida de ermita duele. Una vez alcanzada la purificación, una vez reconstruido el templo, la secularización causa sufrimiento. La literatura causa sufrimiento, pues un sacerdote real sabe, que sólo Dios basta, tal cual dice el mensaje teresiano. La Santa Iglesia es independiente y cuando el sacerdote se seculariza empieza un vía crucis que lo hiere, y en el cual discierne sobre el dolor de las cinco (?) llagas de nuestro Señor o los estigmas de San Francisco de Asís y San Pío de Pietrelcina (acuérdense que la Cruz de San Damiano muestra seis llagas; fue así como Nuestro Señor se apareció a San Francisco de Asís). La independencia de la Santa Iglesia se aprecia por ejemplo, en la renuncia de Donald Cardinal Wuerl, el arzobispo de Washington, DC: ¿Qué nos dice Donald Cardinal Wuerl con su renuncia? Aparta de mi este cáliz porque la traditio de la Santa Iglesia es primero: en Ella todo es puro.  ¿A quién nos recuerda Donald Cardinal Wuerl? A Joseph Cardinal Ratzinger/ Papa Benedicto XVI. De ahí que el sacerdote y monja real sufren cuando la sagrada escritura es tergiversada, más la saeta envenenada se devuelve.  Frente a la corrupción de la secularidad, el poder de la oración nos envuelve de luz. Una conversión es un rayo divino, que todo lo parte, todo lo cura, todo lo sana.

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