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Quisiera ser monja I



A sacerdotes y monjas amigos, profesores de vida.
Eunice Shade

La conversión es obra de Dios. Así me convirtió Jesús en Marzo, Abril de 2015 cuando escuché su llamado luego de años de ateísmo. Una conversión es un misterio que nace del Espíritu. Desde entonces la santa misa es una dicha. Una vocación religiosa no nace de la noche a la mañana. Mientras me evangelizaban en Saint Paul Cathedral, Catedral de Pittsburgh, el Señor me enseñaba y me acuerdo del día en que por primera vez recé mi profesión de fe a la Hermana Juana Parera de la Congregación Pureza de María: El Credo Apostólico, verdad que meditara Jospeh Cardinal Ratzinger en Introducción al Cristianismo. El Credo está unido a nuestra vida y para dar testimonio de Jesús es preciso nacer del Espíritu. Madre Bernarda Roa Rayo me enseñó que San Juan es el Evangelio más teológico, y que San Mateo, San Marcos y San Lucas son sinópticos porque tienen semejanza, sólo San Juan es diferente.
En el Santo Evangelio según San Juan en la plática a Nicodemus, Jesús dice: “En verdad en verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de los Cielos. Lo que nace de la carne, carne es; pero lo que nace del Espíritu es Espíritu” (Juan 3: 3-6).
La vida religiosa es un eterno combate entre Espíritu y Carne. Mientras se realizaba la evangelización en Pittsburgh, sacerdotes y monjas reales me llenaron del Espíritu Santo. Me prepararon con esmero y amor para mi salto místico. Una monja poderosa y milagrosa me guía: Una monja imperial. Me acuerdo de ese día en que sentí el fuego de una fortaleza que no proviene de mí: Es Jesús cuidándome porque el sello del Bautizo es indeleble. Les ruego un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria Patri por mis intenciones.


Febrero 28, León, Nicaragua.

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